lunes, 9 de junio de 2014


Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he dejado de creer en las distancias y en las barreras temporales. Cuando he conocido tanta gente buena en tantos lugares distintos. Después de aprender que la vida, además de encuentros, significa aprender a despedirse y dejar ir.


       Ahora que, teniéndote tan lejos, te siento más cerca de lo que jamás imaginé posible. Ahora que se minimizan los daños colaterales. Hoy que me da por echar la vista atrás y me sorprendo ante la visión de lo que fue y se ha quedado suspendido en un vacío inconmovible. Esta noche que, ante tu recuerdo, no puedo sino sentirme afortunada por haberte tenido entre mis brazos. Por haberme aprendido tus virtudes y tus defectos, tus preferencias y tus costumbres.

Yo que hace algún tiempo claudiqué antes las vicisitudes de una vida que nunca deja de sorprenderme. Ahora que he dejado de buscar en cada esquina esas presencias que antaño resultaban imprescindibles para encontrarle sentido a los días nublados. Ahora que sé que lo que viene se va, que lo que se tiene se puede perder, que nunca puede dar uno nada por sentado. Y que la esencia de la existencia reside justamente en saber aprovechar cada segundo. Hoy que, después de mucho discutir, soy capaz de sentarme de vez en cuando a tomar un café con la vida para cerrar ciertos capítulos que me mantenían anclada a un pasado que cada día se hacía más pesado.

Después de descubrir todo lo que un día en el mundo puede ofrecernos. Que uno aprende a vivir con las pérdidas y que se puede disfrutar aún cuando se ha sufrido mucho. Que la nostalgia va de la mano con la fortuna y que en ningún caso son excluyentes. Ahora que sé que mi horizonte no lo dibuja nadie salvo yo. Hoy que la luna me ha enseñado que sólo he de llorar cuando el corazón lo exija y que, por el contrario, los motivos para ser feliz son infinitos. Infinitos como el universo. Infinitos como este hambre de seguir viviendo. Infinitos como el recuerdo, pero también como el presente y la dulzura de saberse vivo. 

martes, 1 de abril de 2014

Y un día cualquiera a la mentira Madre se le ocurrió tener hijos como loca; mentiras gordas, flacas, altas, bajitas, de patas cortas y lengua larga... mentiras a tiempo y mentiras que, por tardías, resultaron ser verdades. 

El tiempo siguió su transcurso sin tener en consideración el desarrollo de las mentirillas bebé. Ellas, por su parte, transitaron las distintas etapas de la vida y, una vez adultas, siguieron reproduciéndose. Fueron aumentando en número y, a pesar de sus diferencias, todas compartieron una misma pasión: pasearse por las conversaciones de los hombres, esos seres tan raros, disfrazadas de verdad.

Hoy en día resulta prácticamente imposible discernir un enunciado verdadero de uno falso. Ya no hay suero de la verdad que valga; hemos alcanzado un nivel de especialización en el arte del engaño que deja obsoletos todos los métodos existentes para evitar embustes. Los más atrevidos afirman que no somos sino fruto de nuestras propias mentiras.

Supongo que por eso no te creo cuando me dices que vas a estar aquí cuando llegue la tormenta; tal vez es esa la razón por la cual no deberías creerme cuando te digo que quiero que estés aquí mañana, 
o cuando te digo que te quiero, 
o cuando te digo que no te quiero,
o cuando en mi silencio encuentras la respuesta a tus interrogantes.

Quizás no deberíamos tomar ninguna de nuestras palabras por ciertas; tal vez en determinados momentos duela menos considerarlas todas sinceras. Eso lo decidiremos conforme vayamos estructurando los discursos y nos dejemos llevar por el enredo de ilusiones y desencuentros que gobierna este mundo.

Si te voy a perder que sea rápido. Y si nos vamos a dejar para luego mejor invertir esfuerzos en lo que nos apetezca hoy y no mañana; porque hoy estamos aquí y mañana quién sabe. Porque el cuento es demasiado corto como para empequeñecerse ante compromisos indeseados. Porque, al fin y al cabo, no hay fidelidad más hábil a la hora de sanar el alma que la que se puede tener para con uno mismo. 




sábado, 8 de marzo de 2014

Llevo tanto sin escribirte que me siento en una primera cita. Te advierto que me he despertado bruscamente y con la sinceridad por bandera, así que me voy a abstener de decorar en exceso algo que, por evitado, resulta tedioso. De todas formas tengo la sensación de haber recibido exactamente las mismas palabras por tu parte en alguna carta que decidí esconder por ese miedo irremediable a la pérdida que me acompaña hace ya algunos abriles. 

Hoy vengo a pedirte perdón. Me disculpo por haber dejado que el viento se llevase hasta la última de las cenizas consigo. En el fondo me pilló por sorpresa; un día me acerqué a la hoguera y me encontré con que no quedaba leña para alimentar el fuego. Supongo que había obviado un par de lluvias de por medio. Y ese "te echo de menos", que había degenerado en un "necesito verte" desesperado, se fue un día a comprar cigarrillos y nunca regresó. Tampoco se puede decir que sufriera mucho su partida.

Todavía no han pasado ni 500 noches y parece que el olvido ya ha venido a buscarte. Te has ido de viaje tan lejos que no creo que nos volvamos a ver. Y eso que algún día te sentí tan dentro que parecía imposible echarte. La realidad se interpuso en esos planes tan detallados y ambiciosos que solían descansar sobre el escritorio. Pero eso es parte de la vida, ¿no? Aprender a despedirse; saber decir adiós aún cuando duela tanto que tenga que cargar uno con esa mochila por un tiempo.

No sé muy bien cómo me siento; si este adiós definitivo me despierta acaso algo de decepción. La gente tiene por norma quedarse con lo bueno de las historias; yo prefiero rescatar también cada una de esas promesas que acabaron ahogándose en el fondo de una taza de café. Borro los archivos de la carpeta "asuntos pendientes" pero no vacío la papelera, por si acaso, por si en el futuro me da por recordarte y sonreír ante la evidencia de lo que fue algo tan asombroso que se ofreció a hacer las veces de musa. 

Porque quizás no serás, pero fuiste; fuiste tan intensamente que en su momento el destino parecía no admitir la posibilidad de un "hasta nunca" que ganó la partida en el último momento. Y hoy parece que aquel "au revoir" se viste de "adieu" y te saluda desde la ventana. Todavía con cariño pero ya sin amor; sin verse ya subyugado por tus lunares y tus manos. Sin un "por siempre" grabado en la frente temeroso de las maniobras del reloj.

Gracias por haber llenado esos capítulos en blanco sin habértelo yo pedido; gracias por tus comas y tus puntos, por tus besos y tus astutos modos de hacerme ver que no siempre es imprescindible dormir para soñar.




viernes, 20 de diciembre de 2013

Me hablas de embarcarte en búsquedas con destinos inciertos; de bailar esa canción que tanto odias hasta que te duelan los pies. Me lo cuentas todo desde el principio y das giros innecesarios a una historia que gotea inverosimilitud. Tus palabras siguen un trayecto irregular, no llegan a tocarme. Y hoy me he levantado con el pie izquierdo, para variar, para echarle toda la culpa cuando la cosa se tuerza.

El tiempo pasa y todo lo corroe; que nos lo cuenten a nosotros. Y eso que al principio nos movíamos como partes incompletas que, desesperadas, buscaban las sobras de algún amor de viernes por la noche. Nos sentábamos a tomar un café en cualquier parte del mundo y, de alguna forma, en cada sorbo ya nos transmitíamos la dosis diaria de amor. Y el azúcar sobraba si estabas a mi lado. 

Me desprendo de la justificación constante, de las mentiras bondadosas, de la excusa a cualquier precio. Nos acepto con errores y aciertos, en tiempo y espacio, en directo. Y te veo sonreír y ya no sé si por dentro hace frío o calor, si esas comisuras albergan acaso algo de esperanza. Soy incapaz de atravesar la barrera que cubre ahora tu mirada, y me pregunto si no habré participado yo misma en su construcción.

Pasan las estaciones y el invierno nos encuentra otra vez explorando en los resquicios de un "me he cansado de quererte" matutino y en ayunas. Y el café se ha quedado frío, y ya no nos quema la punta de la lengua al pasar.

lunes, 11 de noviembre de 2013





Vivir días más largos, soñar con noches más profundas. Perderme, buscarme una y otra vez. Encontrarte. Mantener una actitud encomiable cuando de quererte se trate; no rendirme ante las adversidades del tiempo. Olvidarme de olvidarte, tenerte en mente siempre; por voluntad propia, en ausencia de coacciones. Amarte.


Vamos a tientas por el camino del olvido. Vamos despacito, con precaución. Vamos juntos. Me tocas y me conviertes en verso y, si te fijas bien, a la vida se le está marcando un hoyuelo de tanto sonreírnos. Todos tenemos miedo alguna vez, eso ya no importa. Dame tu mano, perdámonos juntos. Sigamos a la luna en su itinerario; ella también nos ha estado siguiendo la pista.


El sol nos acaricia el rostro con delicadeza y nos desbordan las emociones. Nos hace cosquillas el viento; las nubes nos regalan lágrimas de felicidad. Al entrar en contacto nuestros cuerpos todo empieza a girar a nuestro alrededor. Bichitos danzan en cada uno de nosotros; nuestros ojos firman un acuerdo tácito. 


Te invito a morirnos de ganas; a sentir las ansias de vivir subiéndonos desde los tobillos 
Te invito a sonreír sin límites
Te invito a encontrar la belleza en cada suspiro,
en cada nacimiento,
en cada rosa que florece,
en cada cambio de estación


Mudemos de hoja; empecemos de nuevo. Dejemos atrás todo lo pasado que aún nos pesa. Seamos felices. 


Prefiero arder con cada sentimiento antes que verme inmersa en la vacuidad de una vida que no entiende de pasiones. Y prefiero arder contigo.
Más que verte te contemplo. Me cuelo entre tus párpados y puedo sentir esa mirada tan serena y emotiva que te viste a diario. No puedo negarme a tus ojos mientras me cuentan historias que tu boca jamás tendrá el valor de materializar, y el corazón se me rompe al tiempo que tu respiración me roza el cuello con dulzura.


Duermes, y el manto de inocencia que te cubre me incita a protegerte del mundo. Cuánto daño nos habremos hecho, y cuánto amor habremos dejado escapar por las rendijas de este vacío inexpugnable. Y aún así, en este instante impregnado de magia, nos convertimos una vez más en todo aquello que siempre deseamos.


Sé que el final es cierto. Lo noto en las arrugas de tus palmas, ahora inmóviles sobre mi cintura. Me pierdo en tu abrazo y grabo en la memoria el numeró exacto de lunares que visten tu perfil izquierdo. Acaricio cada uno de tus párpados y el calor de tu cuerpo me quema desde dentro. 


Ante la inminencia del descenlace, te susurro al oído lo agradecida que estoy de haberte conocido. Ojalá nunca sepas hasta qué punto llegué a necesitarte. Ojalá nadie te haga jamás tan suyo como yo te hice mío.


miércoles, 16 de octubre de 2013


Si nunca te dije "Hasta mañana" fue por miedo a que ese "mañana" nunca llegase. Porque yo ya había tenido un par de desencuentros con la vida y confiaba muy poco en la lealtad del destino. Tú me mirabas sorprendido por mi repentino mutismo, y yo no paraba de buscarle la rima asonante al perfil de tu mano sobre la mía.

Recuerdo que hasta la más sutil de las despedidas me quemaba por dentro; sentía que siempre llevaban implícito el riesgo de un adiós definitivo.

Espero que entiendas ahora el motivo por el cual nunca tuve el coraje de dedicarte tales palabras; aquello implicaba dejarnos en manos de una suerte incierta, y arriesgar contigo nunca fue una opción. Lo único que deseaba en aquel momento era que tú fueses todos mis "mañana".




domingo, 13 de octubre de 2013





Tengo un imán para los egos con brazos y piernas. Me persiguen independientemente de la situación geográfica. Y no soy muy fan de las casualidades, pero contigo no me queda más remedio que hacer una excepción. 

Estamos solos, pero juntos. Te veo de lejos y siento que ya te conozco, de otra vida quizás, más acertada y comedida. Y parece que todo va a estar más o menos bien.

Tus ojos y tu boca disputan por contar cada cual su propia historia, y el roce de tu voz aterciopelada me transporta a otra atmósfera, menos turbia y asfixiante. Me encanta escucharte mientras me lees tus poemas con inseguridad disimulada. Y odio, sobre todas las cosas, verte tan esclavo de las agujas que bailan sobre tu muñeca cansada.

No paras de repetirme que soy mala, orgullosa, narcisista... y adoro el hecho de que seamos una suerte de espejo en tantos aspectos. Puede que tengas razón, que el espacio haya sido el idóneo y no así el tiempo. Pero, pese a las circunstancias, a los baches, las malas y las buenas suertes, a tu lado me siento bien. No sé si me entiendes, a lo mejor necesitas que te adjunte literatura explicativa. En última instancia, me das un beso y después te explico.

No me importa que todo sea ficción, que a veces seamos mentira. Y creas y deshaces, y ninguno de los dos cede, y aquí nadie cree en nada. Pero, tal vez, la suerte nos esté sonriendo, o nos esté guiñando un ojo, o nos esté regalando uno de esos suspiros que suelta uno de puro alivio después de tanta espera. A lo mejor estaba escrito. Lo digo por ti.




lunes, 30 de septiembre de 2013

Forsan et haec olim meminisse juvabit





Las nubes limpian con su llanto las huellas de una calle que ha quedado desierta. Cada una de aquellas lágrimas se lleva consigo los últimos rastros de una historia, quizás aún inacabada, tal vez aún ni siquiera iniciada. Desemboco en una especie de catarsis y siento el efecto purificador del agua, que también arrastra ahora los últimos signos de malestar en mi alma.


Dejo que mi rostro se empape en aquel milagro, y me pregunto cuántas personas estarán experimentando una sensación similar en ese preciso instante. Y es casi perfecto; la inexorable melodía del reloj ha perdido todo su efecto y el mundo se ha congelado, al tiempo que mis manos ahuecadas recogen gustosas un trocito del cielo. Y cuántas vidas y cuántos relatos, y cuántas despedidas y cuántos primeros encuentros esconderán en sus profundidades. Siento entonces que se me brinda la oportunidad de formar parte de todas aquellas casualidades y causalidades, y sospecho que el universo en su conjunto claudica ante la belleza de aquel diluvio.


Una sonrisa al otro lado de la calle me confirma que alguien más participa de esta felicidad tan caprichosa. Mi atención se concentra ahora en su semblante, cuidando no tropezar y caer de lleno en la mirada. Hay que andarse con precaución con los ojos; suelen estos expresar mucho más de lo emocionalmente sostenible. Puede uno incluso llegar a perderse en ellos y no encontrar jamás un punto de retorno.


Absorta en el gesto de aquel extraño, puedo sentir una vez más el roce de tus yemas acariciándome la mejilla izquierda. Y últimamente no paro de pensar en la locura de haberte conocido y la incoherencia de haberte dejado marchar entre las noticias de un domingo manchado de café. 


En los últimos meses he podido comprobar que el poder del tiempo no es infalible; que tachar días en un calendario teñido de ausencia no desemboca en el olvido. Y la distancia no ha sido óbice para sentirte pegado a mi costado siempre que el tiempo se ha vuelto loco y nos hemos quedado a temperaturas bajo cero.


El miedo se ha vuelto un aliado constante. Y en el fondo tengo miedo de que al miedo se le vayan desgastando las esquinas. Caigo presa del pánico cuando concibo la posibilidad de que, algún día, el miedo se canse de tener miedo y se vaya, maleta en mano, con todos los retazos de un recuerdo que cada día se hace más borroso.


No te voy a mentir, a veces también pienso en salvarme. Entonces me dejo seducir por la idea de no volver a pensarte; de no vivir esclava de este hambre insaciable de tus labios. Pero los mecanismos del corazón se me resisten, y otra vez la desdicha de unas manos, que no saben dibujar sino la desesperación de amarte entre sollozos, me lleva hacia ti.


No sé cuándo fue que la luna se nos puso en contra; cuándo fue que el sol se marchó a Roma dejándonos en medio de un aeropuerto vacío. Pero desando cada paso con la ilusión de converger contigo en este camino lleno de piedras y, tal vez, contemplar juntos aquel horizonte que un día supimos cruzar de la mano. Porque no soy sin ti y sin mí no eres tú del todo.



Hasta entonces seguiré amándote entre líneas, sintiendo tu aroma en todas las canciones de amor del mundo.

Hasta entonces, mi amor, seguiré encontrándote en cada puesta de sol,
en cada gesto extraño,
en cada atisbo de luz.










miércoles, 4 de septiembre de 2013

¡Ojo con la sal!

Dicen que el pasar la sal de mano a mano trae consigo la mayor de las desgracias. Al parecer, el procedimiento idóneo a seguir es el siguiente: la sal -todopoderosa- ha de ser depositada por uno de los agentes coadyuvantes en la misión sobre la mesa -cuidando que no se caiga un solo granito, pues este accidente puede asimismo desencadenar muertes y otras fatalidades- y, sólo después de haber concluido este paso, la segunda persona involucrada puede adueñarse del mineral en cuestión y, de este modo, proceder a sazonar sus alimentos.

Hoy, durante la comida, le pedí a mi hermano pequeño que me pasase el dichoso salero -pues mis papilas gustativas decidieron por mí que la ensalada estaba bastante sosa- y, una vez tuve aquel diminuto objeto en las manos, advertí la monstruosidad que acababa de cometer. Sí, señoras y señores, había tomado aquella sal directamente de las palmitas de mi hermano. Lo peor fue que, tras darme cuenta de la barbaridad de la que había sido protagonista, mi memoria a largo plazo -siempre tan juguetona- me ilustró unas mil situaciones similares en las que no había sido consciente de mi error ¡Oh, no!, ¡pobre de mi! ¿Qué desdichas me aguardaban ahora?

Lo cierto es que nunca he sido supersticiosa. No obstante, siempre me ha maravillado la manera en que el ser humano se aferra a creencias de toda índole con el fin de explicar todo aquello que sucede, tanto a su alrededor como en sí mismo, la mayoría de las veces para eximirse de responsabilidades -sí, así de adorables somos-. De este modo, gracias a tan desafortunado acontecimiento, entendí que ya había encontrado a un culpable para todos mis pesares. Fundamentalmente para el más inmediato: mi falta de inspiración. Así pues, deduje que la sal se había llevado consigo toda mi creatividad y la había depositado en el fondo del mar -y el sufrimiento que esto me producía era digno de ser publicado vía Twitter-.

Sin embargo, una vez hecha la digestión -se cree popularmente que dicha operación demora aproximadamente una hora- los miedos se habían disipado considerablemente y con su partida se despertó, no sin dificultad, mi espíritu inquisitivo. Tal vez, pensé entonces, y sólo tal vez, la sal no me hubiese robado a mi musa -todos los demás cargos seguían, obviamente, vigentes y pendientes de juicio-.

Quizás estas semanas he estado más pendiente del futuro y otras banalidades no ciertas que del volumen de mis inspiraciones. Y es que, cuando se deja uno llevar por las preocupaciones cotidianas -más por vicio que por necesidad-, se olvida de llevar a cabo una actividad realmente esencial en la vida: dedicar tiempo y amor al estudio de uno mismo. Así, sin invitarme a tomar un café para hablar sobre los últimos acontecimientos y sacar cosas en claro, la inutilidad a la hora de escribir era segura.

Entenderse uno mismo, lejos de ser un privilegio, es una prioridad. Las emociones no han de ser rechazadas, sino detectadas y vividas -y, en caso de ser necesario, moderadas-. De esta forma, el miedo y el dolor, y la felicidad y la pasión, pueden continuar su trayecto constante de trazado circular, y ofrecernos experiencias dignas de ser analizadas, cuando no apreciadas y recordadas.


Cada día estoy más segura de que conocerte a ti mismo es una de las mayores dichas a las que se puede -y se debe- aspirar. Y amarte y cuidarte -en todas y cada una de tus facetas- se me antoja indispensable para que sea posible, consecuentemente, hacer lo propio con el resto del mundo.

jueves, 29 de agosto de 2013

DAEEYOU




Dejo que mis ojos cansados reposen sobre las arrugadas palmas de mis manos. Mil sueños rotos se me acumulan en la garganta y no encuentro punto de referencia alguno para empezar a hablar. Tu mirada se concentra ahora en mi nuca, y entre tanta condensación atmosférica siento sus ruegos retumbándome en los oídos.

Incapaz de articular palabra, doy el primer paso hacia un olvido certero y el miedo me cubre el rostro en forma de agua salada. Las piernas me pesan unos miles de kilómetros y el corazón me da vueltas quejándose porque pierde el rumbo. Me giro para impregnarme por última vez de ti, con la convicción del que deja atrás un pedazo de sí que ha entregado sin ticket de devolución. Y sin haberme ido aún del todo ya me siento incompleta.

Dejo escapar una suerte de despedida mientras repaso a conciencia cada una de las veces que tuvimos que quitarnos cachitos de nube de las suelas. Tu yemas recorriendo todos y cada uno de los ángulos de mi cuerpo, medidos y remodelados tantas veces a tu gusto. Me tiemblan los vértices y un ardor intolerable me sube desde el pecho al recordar tu semblante suplicante unos pocos segundos atrás. Y a medida que la distancia se alarga y los planes pierden elasticidad, dejo caer los últimos restos de entereza en un “te quiero” que me deja vacía.

No entiendo cómo pudo alguien inventar las despedidas, ni qué tendrá la palabra “adiós” que, combinada con tu nombre, desencadena una reacción química que deriva en desolación. En el fondo te odio, como puede el sol odiar a la luna; como repudia el yin a su yang cuando éste no está disponible para completarlo y hacer que todo cobre sentido. Y a veces siento que todo lo mejor de mí se quedó un poco contigo.

Un amor no siempre tan recíproco, pero tan real que aún lo siento quemándome las venas cuando, por las noches, el karma se hace el juguetón y te cuela por entre mis sueños. Y esa sensación de que todo me recuerde a ti y que mi aflicción lleve tus apellidos.

A veces lo que falla en la ecuación no son los números, sino la manera en que disponemos los datos; miles de perspectivas y una sola solución posible. Quizás el convertirte en la respuesta constante me esté ahora pasando factura, a plazos y con los intereses más altos jamás pactados.

El aire se comprime y escasea el oxígeno, y el eco de un último beso se abre paso entre la desesperación de esperarte sin pretextos. A la hora de siempre, en aquel sitio que nunca pisamos.


En el fin del mundo si me lo pides, por ser tú el fin que justifica todos los medios.


martes, 13 de agosto de 2013

DAEEYOU

Mi madre siempre me dice que el desorden externo conlleva desorden interno. No sé dónde lo habrá leído, pero puedo jurar que no se lo quita de la boca. Especialmente cuando se trata de ordenar mi habitación.

-Hija, esto es un caos, te vas a volver loca como sigas metida dentro de esta pocilga- suele reprocharme desde el marco de la puerta.

-Que sí, mamá- respondo con desgana la mayoría de las veces. De todas formas la locura me viene de familia -y estoy orgullosa de ello-.

Siempre he sido un poco maniática, digamos que con todo, pero supongo que mi cuarto es la gran excepción; es el lugar donde recuerdos, alegrías, decepciones y pasiones se convierten en ropa arrugada que descansa en el suelo y sábanas que se niegan a vestir camas un tanto trastornadas.

Soy un desastre con las cosas prácticas. Me pregunto qué sentirá la gente que tiene todo bajo control las 24 horas, 7 días a la semana. Bichos raros. Ellos nunca sentirán la adrenalina de tener que buscar algo de suma importancia sin saber por dónde empezar.

Y, hablando de emociones fuertes, hoy me he puesto a recordar, sin querer -como todo recuerdo que deja un sabor agridulce- el día en que conocí a Hugo. Sé que, por cortesía, debería presentarlo antes de continuar, pero no sé muy bien cómo hacerlo. 

Voy a probar con un ejemplo:

Estás sentado en el banco de un parque. El parque no te gusta del todo pero por alguna extraña razón sigues allí. De repente un par de palomas se te acercan jugueteando entre ellas. Tampoco te gustan las palomas. Entonces una persona que no conoces de nada se acerca a ti y empieza a contarte la evolución biológica de estos desagradables pájaros.
Te quedas observando; dudas entre salir huyendo o preguntar a aquel extraño que te habla como si te conociera de toda la vida cuál es su problema. Y en ese momento, entre el asombro y el desconcierto, te das cuenta de que, por un brevísimo lapsus de tiempo, ese individuo ha logrado captar toda tu atención sin siquiera pedir permiso. Y ya no te parece tan impertinente ni estúpido. Y en medio de tanta desdicha una brisa fresca te acaricia las manos y te sientes bien.



¿Más o menos? Bueno, algo así es Hugo. Y fue y será.

El día en que nos conocimos no fue menos: apareció de manera inesperada y en el momento menos oportuno. Pero Hugo es de esas personas que, por más inoportunas que sean, tienen incorporado en la sangre un factor x que hace que todo lo demás se detenga y espere a que finalice su discurso. Y, para cuando eso ocurre, ya es tarde para reproches y reprimendas. Cuando cierra la boca se queda uno recogiendo los pedacitos de sí mismo que han quedado esparcidos por el suelo.

No creo en las medias naranjas. Básicamente no creo en las mitades. Por el contrario, tengo mucha fe en partes enteras que encuentran otras partes enteras con las que conectan tan jodidamente bien que acaban adoptándolas como piezas de su propia entidad. Y no sé qué es el amor ni cuáles son sus preferencias a la hora de vestirse, pero algo tendrá que ver con la felicidad y no tanto con la necesidad como con la libertad y las ganas de compartir.



martes, 6 de agosto de 2013

De amor entre egos y otras utopías

Martes, 18.57 horas. A unos miles de kilómetros de distancia de tu boca. Y en esta soledad un tanto voluntaria vuelvo a caer rendida ante tus pies, ahora tan lejanos. Empiezo a preguntarme si el problema no lo tendré yo por buscarme amores de usar y tirar. Si no estaré loca por haber aceptado tus noches de caricias prefabricadas y un “te quiero” tan vacío como ese pecho que me pierde. Y ahora la que se siente usada y en el fondo de una papelera mugrosa soy yo.


-Te quiero, Ana.
-Sí, claro...



Sed de ti. Supongo que desde siempre. Pero más aún desde que te abrí el corazón y las piernas en medio de un calor tormentoso. Y yo callándome el miedo, y tú siempre cagándola. Imbécil, como todos. Y aún así, por alguna razón a la que renuncié desde el primer beso, nunca me faltó la fuerza para nadar entre la mierda y volver a creer en ti. Ingenua como ninguna -o, en tu caso, como todas-, tomé tus palabras por verdaderas cuando ya no me quedaban más salidas. Acepté la derrota en el momento en que, a pesar de no querer creerte -ni mucho menos quererte-, me descubrí buscándote en todas partes. Y te juro que, dondequiera que mirase, ahí estabas, invitándome a perderme un ratito más en tus ojos, entre tus manos... ¿y yo cómo iba a decirte que no?


-Te quiero, Ana.
-No te creo, Hugo.



Dicen que los poetas son los peores. Pobre de mí, corriendo detrás del mejor. Contigo la rosa no era rosa sino “dulce flor de olor angelical y vivo color". Y el problema no era que me adornases la realidad -siempre fui muy fan del poder de las palabras-, sino que a la margarita, con su putrefacto olor a culo, la siguieses llamando “dulce flor de olor angelical". Lo triste es que yo accedía a ello y, si me lo pedías, acercaba la nariz a un campo de estas flores, aproximadamente de unas 5 hectáreas, y te ponía la mejor de las caras como si estuviese olfateando el perfume más delicioso. Y tú...tú simplemente me ponías.


-Te quiero, Ana.
-Y yo no sé qué me pasa, Hugo, pero me estás volviendo loca.



Me aferré a un clavo ardiendo y, como era de esperar, acabé chamuscada. «Donde hubo fuego, cenizas quedan», se ríe de mí el cenicero mientras le dejo el placer de dar las últimas caladas. Y hablando de vicios, ¿qué estará haciendo el mío? Me muero de intriga. Aunque sobre todo me muero de ganas. Sí, tengo ganas de ti. Muchas.

Nunca rechazamos uno sólo de los juegos propuestos y, ahora que la mano no me llega para mover la ficha -ni para tocarte el culo con disimulo-, voy a ceder la partida a Hugo y Ana, que no Ana y Hugo -pues el que pierde siempre se queda con el sitio de atrás-. Para recordar, de a poquito, lo mucho que te odio.


-Te quiero, Ana.
-Yo también te quiero, Hugo.

miércoles, 31 de julio de 2013

Hasta siempre

Bajan las temperaturas y te da por buscar en los bolsillos de tus pantalones arrugados y descoloridos. No encuentras más que un par de sueños rotos y algún que otro día perdido, y supongo que no es hasta entonces cuando te das cuenta de que lo has dado todo. Has entregado hasta lo que no tenías por salvaguardar algo que parecía no tener fecha de vencimiento, y lo único que te queda es una hipoteca a la que ahora no puedes hacer frente y unos cheques de nostalgia pendientes de cobro a largo plazo.

No sé si fallaron las matemáticas o fue que las palabras se desnudaron antes de las doce y se rompió la magia; si finalmente nos llegó la multa por exceso de velocidad o sencillamente se nos olvidó apagar la luz y la bombilla acabó por quemarse. Pero hoy, nadando entre los restos de lo que fuimos y los quejidos de las páginas en blanco que nunca llegamos a rellenar, sólo soy capaz de avistar habitaciones clausuradas y un mechero recién comprado que se ha quedado sin gas. Y yo con el cigarrillo en la boca.

Te busqué por todas partes, incluso fuera de mí. Y empeñé un par de abriles a cambio de tu boca cuando, instalado agosto, los árboles de esta historia amenazaban con mudar de hoja. Pero en medio del calor te regalé el candado y olvidé guardar la llave de repuesto. Me quedé sin nada, con la fe del que espera su tren a sabiendas de que ya se ha marchado. Y la estación vacía, y el corazón en llamas.

Hoy vuelvo a verte en recuerdos que, cansados de olvidar, entran sin llamar al vacío de una mente que se ha dejado a merced del tiempo, curandero universal por excelencia. Ya sin un nosotros, mas aún irremisiblemente tuya, te confieso que la herida sigue abierta. Y poco puedo hacer desde que te fuiste llevándote los puntos y dejándome las íes.

Inmersa en el tedio de ver pasar los días, con la esperanza de algún cambio que salve la poca cordura que quedó tras el incendio, me pregunto cuál será el siguiente paso. Si después de apostarlo todo y perder puede uno volver a creer en la suerte.Y vacío, y decepción, y miedo. Y mi orgullo de vacaciones en tu ombligo.

Quizás nunca fue lícito hacer de una suma una unidad. Tal vez el error fue quererte a solas.



lunes, 29 de julio de 2013

El problema no está en saber

El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. La cuesta se empina cuando el cúmulo de preguntas supera con creces al de respuestas. Y entonces todo el mundo se dirige a ti como si tuviera un máster en la sublime “Escuela de la vida" y todas tus dudas resultaran absurdamente ridículas y propias de un infante que poco puede saber de nada.


De forma rutinaria, en algún momento del día, te sientas con el estómago lleno y el pecho aparentemente vacío a reflexionar sobre lo que te atormenta. Y cuando el qué cede su trono al cómo y el cuándo la escena se torna todavía un poco más oscura si es posible. Pero no desesperes, pues en la mayoría de las ocasiones aparecerá el listillo de turno para aconsejarte qué debes hacer como si él mismo tuviese el control absoluto de su propia vida. Y tú te cagas en, por y para él y su verborrea.


El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. Lo duro es despertarte por las mañanas preguntándote qué es lo que va mal y cuál será la causa del vacío que sientes dentro. Incluso llegas a envidiar la fortuna del ignorante que muestra un interés nulo por todo lo que le rodea, la comodidad del que nada quiere aprender. Pero esto último, gracias a todos los dioses que velan por nosotros, suele pasarse tras el primer café del día.


A veces es necesario perderse para encontrarse. Y está bien sufrir y darte golpes contra la pared por no tener ni puta idea del camino que quieres que tome tu vida. Es sano. Como saludable cagarse en todo y en todos de vez en cuando. Y sentirte una minúscula hormiguita desorientada en un mundo de elefantes egoístas que no hacen sino luchar por encontrar su oasis.


Lo imperdonable es abandonarse uno mismo y dejarse a merced de las ideas ajenas. Perder la libertad en nombre de un conformismo masivo, la nueva moda en nuestros tiempos. Lo intolerable es no confiar en el criterio propio y comprar opiniones vacías y disfrazadas de los oradores actuales, con el fin único de ahorrarse las molestias de tener que pensar. Y usar la cabecita es lo que nos hace precisamente seres medianamente racionales.


El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. Suerte que en la esquina de la calle Incertidumbre siempre nos esté esperando la dosis justa de certeza para seguir caminando.

jueves, 6 de junio de 2013

Las manos donde pueda verlas


Con el objetivo de acortar distancias ganaste centímetros por todas partes, y torpe a causa del contacto se me olvidó consultar el manual de guerra. Una utópica ataraxia se vio destronada entonces por un sentimiento que no sé definir, mas cuya aparición dio un vuelco a todo aquello que hubiera podido estar en su sitio.

En medio de la preocupación por romper todas las reglas impuestas no fui capaz de llevar a cabo una sola de las estratagemas tan cuidadosamente calibradas con antelación. Un áspero latido marcó entonces el inicio de un juego desesperado, abyecto por adictivo, elíxir donde los haya.

No sé que fuiste antes, si beso o hambre, aunque muy probablemente te vistieras de ambas al mismo tiempo. Aire y espacio condensados corroboraron una tensión no resuelta que dificultosamente se abría paso entre suspiros aquejados. Y otra vez beso, y otra vez hambre, íntimamente ligados por una correlación tan positiva y exacta que el margen de error no pudo sino resignarse a su no cabida. Uno más uno hicieron uno, y más de un genio nos aborreció desde su tumba.

Un acuerdo implícito determinó que un falso no cediera su podio a un sí furtivo. La tímida lluvia se encargó gustosa de borrar las últimas huellas  de una cordura que se negaba a seguir trabajando con tanto calor. Y entonces deseo y odio y amor y ansia, no necesariamente en ese orden. Y a la mierda los peros.

No fue hasta un par de grados centígrados menos más tarde que advertí algunas marcas, quizás futuras cicatrices. Creí incluso avistar algún que otro avance precipitado en la conquista de un corazón inexpugnable, aunque supongo que esta última sospecha se irá disipando con el inevitable y tan repudiado correr de los años, sin obviar el ascenso del orgullo y la eterna fachada de hielo.


Pero te miré de frente y te hice mío. Y entre caricias casi punibles se me olvidó empuñar el arma. Perdí, me dejé vencer y claudiqué a sabiendas de lo que eso supondría en el diario íntimo de mi ego. Y la derrota, después de haberlo tenido todo, supo tanto a gloria que aún lo saboreo. 





jueves, 30 de mayo de 2013

Habla Ana:


Querido Pedro,


Ojalá existiese modo alguno para hacerte saber que cada una de tus palabras me ha llegado directamente al corazón, aún lleno por todo el amor que en él depositaste. No puedo estar ya a tu lado, es cierto, pero quiero que sepas que no he dejado de estar contigo ni un sólo segundo.

A veces me escondo en esa brisa que humildemente despeina tu pelo por las mañanas; otras, simplemente me siento en la butaca contigua al sofá para observarte mientras, con cara de disgusto, recorres a desgana las páginas de un periódico que nunca contará nuestra historia.

Yo estoy bien, Pedro. Este sitio es maravilloso. No creas nada de lo que puedan decirte por allí abajo, pues hasta el más sublime de los halagos se quedaría corto. Créeme. Aquí el dolor no existe, y la paz no es un hecho extraordinario, sino nuestro pan de cada día. No tenemos que dejarnos la piel para intentar superar un techo de cristal impuesto por otros, pues aquí somos todos iguales.

Además, el sentimiento dominante es un amor inigualable –casi como el nuestro- por el prójimo. No tiene sentido la envidia ni el odio, pues todos somos una unidad inseparable, indestructible. Respecto a las nubes, no he tenido la oportunidad de descansar en más plácido lecho. Por las noches sueñas escenas formidables, y los veteranos me han confesado que, una vez aquí, sólo sueña uno con aquello que más felicidad le produce. De más está contarte que en mis sueños siempre apareces tú.

He de decirte que me preocupa verte tan cabizbajo últimamente, Pedro. Desearía, aunque sólo fuese durante un instante, poder susurrarte al oído que en cada paso que das yo te acompaño. Que tu sombra ya no es sólo tuya, pues continuamente me fundo en ella para velar por ti.

 Voy dejándote señales por dondequiera que paso. No es casualidad que sientas mis dedos recorrer tu espalda dibujando formas imposibles, ni menos aún que a veces creas oírme cantar desde el jardín –mis disculpas, bien sabes que el canto nunca fue lo mío-. Siempre, en cada uno de esos tic tac que a tan elevado precio se venden ahora, estoy protegiéndote. Mis promesas nunca fueron en vano.

No tengas miedo. Y, sobre todo, no te rindas. Por favor, te lo ruego. Sé muy bien que no entiendes el porqué de lo que nos sucedió, ni cómo algo tan perfecto pudo desembocar en tan precipitado final. La razón, Pedro, es que aquel día no marcó el inicio de ningún desenlace.

A todos nos llega el momento, pero te prometo que una vez aquí todo cobra sentido. Aunque no puedas aceptarlo ahora; aunque el dolor te ciegue y te impida comprenderlo.

Volveremos a reunirnos, mi amor, cuando tengamos que hacerlo; ni una milésima de segundo antes, ni una después. Hasta entonces seguiré dejándote dosis de este amor tan grande cada día, cada hora, en cada gesto, pues menos no debo a aquel que un día me robó el corazón. Te amo, Pedro.



Pedro nunca tuvo la seguridad de que Ana podía escucharlo, o quizás sí. Pero ella jamás dejó de protegerlo, de cuidarlo y de amarlo, ni se le ocurrió dejar de arroparlo una sola noche. Y lo cierto es que, de algún modo, él siempre la sintió cerca.






Las personas que amamos nunca nos abandonan. Muchas veces nos resignamos a su partida, asumiendo que el reencuentro no llegará sino hasta después de partir nosotros mismos. Pero la verdad es que ellos están siempre velando por nosotros. Siguen cada uno de nuestros pasos, ya desde su condición de ángeles, y contestan, a su modo, a cada una de nuestras palabras. Por ello no es de sorprender que a veces sintamos su presencia, o que alguna brisa nos recuerde sospechosamente a su rostro, a su olor. Son ellos, haciéndonos ver que el amor no entiende de tiempos ni espacios; recordándonos que existen sentimientos inmortales, infinitos.






miércoles, 29 de mayo de 2013

Porque amores que matan nunca mueren


Pedro se despertó aquel día sumido en un sentimiento inquietante. El aire se le antojaba más asfixiante de lo normal, y a cada paso parecía acecharle una sombra espeluznante. Hacía bastante que no se tomaba el tiempo suficiente para inspeccionar su mundo interno; tanta lluvia y tanto caos le habían enseñado como única opción racional el suspender toda reflexión posible.

Cogió su taza de café, como cada mañana, aunque en esta ocasión su sabor a soledad era más intenso que de costumbre. Se sentó en el sofá anaranjado –cuyo desgaste recordaba absurdamente al demacre de su rostro- con la sospecha de que, sin querer, había despertado a las antiguas inquietudes que lo corroían por dentro. Quizás había llegado, finalmente, el momento que llevaba posponiendo desde aquel oscuro noviembre. Bolígrafo en mano, se dispuso a limpiar un poco su pecho, con el propósito de reducir la presión que le dificultaba la respiración hasta lo insoportable:


Querida Ana,

De más está decirte que tu ausencia se ha ocupado de opacar todos los colores que antes iluminaban esta historia que escribo día a día. No voy a mentirte, y pese a que mi firma reposa sobre aquel contrato que nunca llegamos a escribir, aún hoy, en días así, me pregunto el porqué y el hasta cuándo de este sabor amargo.

Vas a pensar que soy ridículo, y espero no te avergüences de mí, pero aún conservo aquella nota que con tanta ilusión te entregué el día aquel en que algo se despertó entre los dos. Descansa sobre tu mesa de noche y, aunque se trate de un ridículo papel arrugado, no es más que un burdo representante de tu presencia. Inútil, tal vez, pero necesario para hacer esto más llevadero.

Si te soy sincero, y si bien sabes soy muy fuerte –como tantas veces te encargaste de repetirme cuando las aguas se enturbiaban-, a veces no encuentro puntos de referencia estables. En determinadas situaciones prevalece el miedo; un sentimiento que no ha dejado de acompañarme desde que el dichoso destino te arrancó de mis manos de manera vil.

No sé cómo explicarte, Ana, que, desde donde quiera que estés, sigues desencadenando litigios infernales entre las dos mentes que rigen mis actos: la racional y la emocional. Últimamente, he de decirte, es clara vencedora la segunda de ellas, pero supongo que eso es tu culpa, pues de no ser por ti este cuerpo seguiría dominado por el más inconmovible de los hielos.

Dime Ana, ¿de haber sido conscientes de lo que nos esperaba, no hubiésemos extinguido hasta el último suspiro con tal de aprovechar todos y cada uno de los segundos disponibles? Esta es una de las dudas que más me atormenta; nos olvidamos del tiempo, pero él nunca dejó de tenernos en cuenta. Tan bien como yo sabes que lo que construimos iba más allá de las barreras temporales, y no peco al afirmar que, para entonces, no existía para nosotros más realidad que el irremediable sentimiento que nos acunaba.

A veces todavía puedo oírte cantar desde el jardín; otras se me antoja imposible el no sentir tus caricias sobre mi espalda. Supongo que mi vida se ha convertido en una espera constante. Tortuosa, intolerable. Cuento segundos al ritmo de la ensordecedora melodía del reloj, que al día de hoy preside todos y cada uno de mis movimientos.

Sé muy bien lo que te prometí, y tengo impreso en el corazón, como si fuera ayer, el “te amo” que difícilmente dejaste escapar entre tus últimos suspiros. Pero no puedo, Ana, la resignación se me presenta como imposible. Mi único deseo es reunirme contigo; dejar de envidiar a los ángeles, que ahora pueden contemplarte a su gusto –aunque sabe Dios que en más de una ocasión nos ganamos una entrada directa al Infierno-. Contigo aquí hasta el aire me resultaba prescindible. Tú eras mi aire.


Incapaz de seguir escribiendo, Pedro se quedó inmóvil en frente de aquella carta, arrugada ahora por las más sinceras de las lágrimas. Le invadió la firme convicción de que, durante el tiempo que aún le quedase, seguiría viviendo a medias, como malamente puede vivir uno cuando la mitad de sí se ha perdido para siempre.



La última vez que vi a Pedro yo contaba con apenas diez años, y él tuvo el valor de abrirme las puertas a tan entristecedor episodio. Tal vez fue porque es más simple hablar con un niño que destila pureza e ingenuidad, sin los compromisos ni las reacciones tan poco asertivas propias de los adultos. En cualquier caso, y si bien se me escaparon muchos detalles que el tiempo y la madurez me enseñarían en carne propia, recuerdo que fue entonces cuando se despertó en mí el temor a eso que los mayores llamaban “amor”. Pensé que era lo más duro que a uno podía ocurrirle, y no tardé en comunicar mis preocupaciones a mi anciano amigo.

No obstante, y antes de brindarme el último adiós, Pedro se ocupó de jurarme que amar era lo más maravilloso que iba a ocurrirme en la vida. Hoy lo sé.

Los hombres vivimos con la condena del miedo a sufrir, lo que en muchos casos nos paraliza y condiciona nuestros actos. Pero aquel día Pedro me contó un secreto tan valioso que aún a mis treinta años seguiría moviéndome tanto por dentro que apenas puedo hablar al acordarme: “El sufrimiento no es más que una prueba incuestionable de que la más absoluta de las felicidades estuvo algún día en tus manos”. Y supongo que, al pensarlo de este modo, el dolor no es sino una prueba de que la fortuna y la dicha algún día tocaron mi puerta y me brindaron su compañía. Y eso es algo por lo que uno puede estar orgulloso.


Nunca supe nada más de Pedro, ni tuve el placer de volver a encontrarme con él. Pero aquel hombre sigue presente en mí, como Ana continuó viva en él tras su partida; como las cosas memorables nunca mueren, pues su esencia permanece en nosotros para siempre.

sábado, 23 de marzo de 2013

Loca, sí. Por ti.





 “Una historia que no debe morir”; yo me lo pido para la nuestra. 




Voy a decirte lo que, quizás, llevas esperando oír desde que una inesperada fecha de partida desbarató nuestros planes –o los míos-. Te voy a echar de menos. De hecho, ya lo hago, y aún no me he ido.


Y sí, supongo que te quiero. No sé si me di cuenta de que tu magia acabó por afectar a una incrédula de las historias de amor, o si me percaté de que algo andaba mal cada vez que en las salas de cine me faltaba el tímido roce de tus manos sobre las mías.  


No puedo pedirte que este pasaje sin vuelta no sea la fecha de vencimiento de nuestro contrato, un “hasta pronto” sin pretensión alguna de convertirse en un “adiós”. Pero entiende que, al día de hoy, he perdido un poco la noción de lo correcto, y me decanto por lo que realmente ha tirado del carro desde un principio, mis sentimientos. Te los entrego todos, quédatelos; de todas formas en cada uno de ellos está escrito tu nombre, con una cuidada caligrafía que destila el más sincero desconcierto.


No quiero que me esperes, quiero que nunca me dejes ir del todo. No me importa que me recuerdes a menudo; anhelo que, cuando lo hagas, tu sabor de boca sea el más dulce. 


Y me falta tiempo. Ando escasa de segundos que robarte y, sobre todo, que dedicarme para pensar en ti. Es una lucha constante, ¿sabes? Una guerra con el más temible de los adversarios: conmigo  misma. Estoy peleando, con uñas y dientes, por sacar algo bueno de estos conflictos morales; por tener el valor de despojarme de este ridículo disfraz, y ser capaz de explicarte lo importante que eres para mí, a pesar de todo.


Lo más sabio sería olvidarte, dejar que “el más hábil curandero”, nuestro querido e inútil tiempo, sanase la herida. Pero de pequeños no nos enseñan que, en ocasiones, la disputa entre el corazón y la cabeza se prolonga por los tiempos de los tiempos, sin llegar nunca a un equilibrio –ni siquiera impuesto por nosotros mismos-.

No voy a buscar motivos para guardarte en mí, de sobra sabes que el motivo siempre has sido tú. El placer ha sido mío, esto que siento ya es tuyo.


Esto que te escribo no procura ser el preámbulo de una despedida, y muy probablemente ni siquiera te diga adiós antes de coger ese vuelo directo a tu olvido. Porque no puedo y, sobre todo, porque no quiero.


Porque tus manos fueron puertas; tus gestos, múltiples llaves que se fueron adueñando, poco a poco, de las mías. Porque no concibo la idea de una realidad sin ti.

Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he ...