Mi madre siempre me dice que el desorden externo conlleva desorden interno. No sé dónde lo habrá leído, pero puedo jurar que no se lo quita de la boca. Especialmente cuando se trata de ordenar mi habitación.
-Hija, esto es un caos, te vas a volver loca como sigas metida dentro de esta pocilga- suele reprocharme desde el marco de la puerta.
-Que sí, mamá- respondo con desgana la mayoría de las veces. De todas formas la locura me viene de familia -y estoy orgullosa de ello-.
Siempre he sido un poco maniática, digamos que con todo, pero supongo que mi cuarto es la gran excepción; es el lugar donde recuerdos, alegrías, decepciones y pasiones se convierten en ropa arrugada que descansa en el suelo y sábanas que se niegan a vestir camas un tanto trastornadas.
Soy un desastre con las cosas prácticas. Me pregunto qué sentirá la gente que tiene todo bajo control las 24 horas, 7 días a la semana. Bichos raros. Ellos nunca sentirán la adrenalina de tener que buscar algo de suma importancia sin saber por dónde empezar.
Y, hablando de emociones fuertes, hoy me he puesto a recordar, sin querer -como todo recuerdo que deja un sabor agridulce- el día en que conocí a Hugo. Sé que, por cortesía, debería presentarlo antes de continuar, pero no sé muy bien cómo hacerlo.
Voy a probar con un ejemplo:
Estás sentado en el banco de un parque. El parque no te gusta del todo pero por alguna extraña razón sigues allí. De repente un par de palomas se te acercan jugueteando entre ellas. Tampoco te gustan las palomas. Entonces una persona que no conoces de nada se acerca a ti y empieza a contarte la evolución biológica de estos desagradables pájaros.
Te quedas observando; dudas entre salir huyendo o preguntar a aquel extraño que te habla como si te conociera de toda la vida cuál es su problema. Y en ese momento, entre el asombro y el desconcierto, te das cuenta de que, por un brevísimo lapsus de tiempo, ese individuo ha logrado captar toda tu atención sin siquiera pedir permiso. Y ya no te parece tan impertinente ni estúpido. Y en medio de tanta desdicha una brisa fresca te acaricia las manos y te sientes bien.
¿Más o menos? Bueno, algo así es Hugo. Y fue y será.
El día en que nos conocimos no fue menos: apareció de manera inesperada y en el momento menos oportuno. Pero Hugo es de esas personas que, por más inoportunas que sean, tienen incorporado en la sangre un factor x que hace que todo lo demás se detenga y espere a que finalice su discurso. Y, para cuando eso ocurre, ya es tarde para reproches y reprimendas. Cuando cierra la boca se queda uno recogiendo los pedacitos de sí mismo que han quedado esparcidos por el suelo.
No creo en las medias naranjas. Básicamente no creo en las mitades. Por el contrario, tengo mucha fe en partes enteras que encuentran otras partes enteras con las que conectan tan jodidamente bien que acaban adoptándolas como piezas de su propia entidad. Y no sé qué es el amor ni cuáles son sus preferencias a la hora de vestirse, pero algo tendrá que ver con la felicidad y no tanto con la necesidad como con la libertad y las ganas de compartir.