Dicen que el pasar la sal de mano a mano trae consigo la mayor de las desgracias. Al parecer, el procedimiento idóneo a seguir es el siguiente: la sal -todopoderosa- ha de ser depositada por uno de los agentes coadyuvantes en la misión sobre la mesa -cuidando que no se caiga un solo granito, pues este accidente puede asimismo desencadenar muertes y otras fatalidades- y, sólo después de haber concluido este paso, la segunda persona involucrada puede adueñarse del mineral en cuestión y, de este modo, proceder a sazonar sus alimentos.
Hoy, durante la comida, le pedí a mi hermano pequeño que me pasase el dichoso salero -pues mis papilas gustativas decidieron por mí que la ensalada estaba bastante sosa- y, una vez tuve aquel diminuto objeto en las manos, advertí la monstruosidad que acababa de cometer. Sí, señoras y señores, había tomado aquella sal directamente de las palmitas de mi hermano. Lo peor fue que, tras darme cuenta de la barbaridad de la que había sido protagonista, mi memoria a largo plazo -siempre tan juguetona- me ilustró unas mil situaciones similares en las que no había sido consciente de mi error ¡Oh, no!, ¡pobre de mi! ¿Qué desdichas me aguardaban ahora?
Lo cierto es que nunca he sido supersticiosa. No obstante, siempre me ha maravillado la manera en que el ser humano se aferra a creencias de toda índole con el fin de explicar todo aquello que sucede, tanto a su alrededor como en sí mismo, la mayoría de las veces para eximirse de responsabilidades -sí, así de adorables somos-. De este modo, gracias a tan desafortunado acontecimiento, entendí que ya había encontrado a un culpable para todos mis pesares. Fundamentalmente para el más inmediato: mi falta de inspiración. Así pues, deduje que la sal se había llevado consigo toda mi creatividad y la había depositado en el fondo del mar -y el sufrimiento que esto me producía era digno de ser publicado vía Twitter-.
Sin embargo, una vez hecha la digestión -se cree popularmente que dicha operación demora aproximadamente una hora- los miedos se habían disipado considerablemente y con su partida se despertó, no sin dificultad, mi espíritu inquisitivo. Tal vez, pensé entonces, y sólo tal vez, la sal no me hubiese robado a mi musa -todos los demás cargos seguían, obviamente, vigentes y pendientes de juicio-.
Quizás estas semanas he estado más pendiente del futuro y otras banalidades no ciertas que del volumen de mis inspiraciones. Y es que, cuando se deja uno llevar por las preocupaciones cotidianas -más por vicio que por necesidad-, se olvida de llevar a cabo una actividad realmente esencial en la vida: dedicar tiempo y amor al estudio de uno mismo. Así, sin invitarme a tomar un café para hablar sobre los últimos acontecimientos y sacar cosas en claro, la inutilidad a la hora de escribir era segura.
Entenderse uno mismo, lejos de ser un privilegio, es una prioridad. Las emociones no han de ser rechazadas, sino detectadas y vividas -y, en caso de ser necesario, moderadas-. De esta forma, el miedo y el dolor, y la felicidad y la pasión, pueden continuar su trayecto constante de trazado circular, y ofrecernos experiencias dignas de ser analizadas, cuando no apreciadas y recordadas.
Cada día estoy más segura de que conocerte a ti mismo es una de las mayores dichas a las que se puede -y se debe- aspirar. Y amarte y cuidarte -en todas y cada una de tus facetas- se me antoja indispensable para que sea posible, consecuentemente, hacer lo propio con el resto del mundo.