Dejo que mis ojos cansados reposen sobre las arrugadas palmas de mis manos. Mil sueños rotos se me acumulan en la garganta y no encuentro punto de referencia alguno para empezar a hablar. Tu mirada se concentra ahora en mi nuca, y entre tanta condensación atmosférica siento sus ruegos retumbándome en los oídos.
Incapaz de articular palabra, doy el primer paso hacia un olvido certero y el miedo me cubre el rostro en forma de agua salada. Las piernas me pesan unos miles de kilómetros y el corazón me da vueltas quejándose porque pierde el rumbo. Me giro para impregnarme por última vez de ti, con la convicción del que deja atrás un pedazo de sí que ha entregado sin ticket de devolución. Y sin haberme ido aún del todo ya me siento incompleta.
Dejo escapar una suerte de despedida mientras repaso a conciencia cada una de las veces que tuvimos que quitarnos cachitos de nube de las suelas. Tu yemas recorriendo todos y cada uno de los ángulos de mi cuerpo, medidos y remodelados tantas veces a tu gusto. Me tiemblan los vértices y un ardor intolerable me sube desde el pecho al recordar tu semblante suplicante unos pocos segundos atrás. Y a medida que la distancia se alarga y los planes pierden elasticidad, dejo caer los últimos restos de entereza en un “te quiero” que me deja vacía.
No entiendo cómo pudo alguien inventar las despedidas, ni qué tendrá la palabra “adiós” que, combinada con tu nombre, desencadena una reacción química que deriva en desolación. En el fondo te odio, como puede el sol odiar a la luna; como repudia el yin a su yang cuando éste no está disponible para completarlo y hacer que todo cobre sentido. Y a veces siento que todo lo mejor de mí se quedó un poco contigo.
Un amor no siempre tan recíproco, pero tan real que aún lo siento quemándome las venas cuando, por las noches, el karma se hace el juguetón y te cuela por entre mis sueños. Y esa sensación de que todo me recuerde a ti y que mi aflicción lleve tus apellidos.
A veces lo que falla en la ecuación no son los números, sino la manera en que disponemos los datos; miles de perspectivas y una sola solución posible. Quizás el convertirte en la respuesta constante me esté ahora pasando factura, a plazos y con los intereses más altos jamás pactados.
El aire se comprime y escasea el oxígeno, y el eco de un último beso se abre paso entre la desesperación de esperarte sin pretextos. A la hora de siempre, en aquel sitio que nunca pisamos.
En el fin del mundo si me lo pides, por ser tú el fin que justifica todos los medios.