“Una historia que no
debe morir”; yo me lo pido para la nuestra.
Voy a decirte lo que, quizás, llevas esperando oír desde que
una inesperada fecha de partida desbarató nuestros planes –o los míos-. Te voy
a echar de menos. De hecho, ya lo hago, y aún no me he ido.
Y sí, supongo que te quiero. No sé si me di cuenta de que tu
magia acabó por afectar a una incrédula de las historias de amor, o si me
percaté de que algo andaba mal cada vez que en las salas de cine me faltaba el
tímido roce de tus manos sobre las mías.
No puedo pedirte que este pasaje sin vuelta no sea la fecha de
vencimiento de nuestro contrato, un “hasta pronto” sin pretensión alguna de
convertirse en un “adiós”. Pero entiende que, al día de hoy, he perdido un poco
la noción de lo correcto, y me decanto por lo que realmente ha tirado del carro
desde un principio, mis sentimientos. Te los entrego todos, quédatelos; de todas
formas en cada uno de ellos está escrito tu nombre, con una cuidada caligrafía
que destila el más sincero desconcierto.
No quiero que me esperes, quiero que nunca me dejes ir del
todo. No me importa que me recuerdes a menudo; anhelo que, cuando lo hagas, tu
sabor de boca sea el más dulce.
Y me falta tiempo. Ando escasa de segundos que robarte y,
sobre todo, que dedicarme para pensar en ti. Es una lucha constante, ¿sabes?
Una guerra con el más temible de los adversarios: conmigo misma. Estoy peleando, con uñas y dientes, por
sacar algo bueno de estos conflictos morales; por tener el valor de despojarme
de este ridículo disfraz, y ser capaz de explicarte lo importante que eres para
mí, a pesar de todo.
Lo más sabio sería olvidarte, dejar que “el más hábil
curandero”, nuestro querido e inútil tiempo, sanase la herida. Pero de pequeños
no nos enseñan que, en ocasiones, la disputa entre el corazón y la cabeza se prolonga
por los tiempos de los tiempos, sin llegar nunca a un equilibrio –ni siquiera
impuesto por nosotros mismos-.
No voy a buscar motivos para guardarte en mí, de sobra sabes que el motivo siempre has sido tú. El placer ha sido mío, esto que siento ya es tuyo.
Esto que te escribo no procura ser el preámbulo de una
despedida, y muy probablemente ni siquiera te diga adiós antes de coger ese
vuelo directo a tu olvido. Porque no puedo y, sobre todo, porque no quiero.
Porque tus manos fueron puertas; tus gestos, múltiples
llaves que se fueron adueñando, poco a poco, de las mías. Porque no concibo la
idea de una realidad sin ti.