lunes, 9 de junio de 2014


Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he dejado de creer en las distancias y en las barreras temporales. Cuando he conocido tanta gente buena en tantos lugares distintos. Después de aprender que la vida, además de encuentros, significa aprender a despedirse y dejar ir.


       Ahora que, teniéndote tan lejos, te siento más cerca de lo que jamás imaginé posible. Ahora que se minimizan los daños colaterales. Hoy que me da por echar la vista atrás y me sorprendo ante la visión de lo que fue y se ha quedado suspendido en un vacío inconmovible. Esta noche que, ante tu recuerdo, no puedo sino sentirme afortunada por haberte tenido entre mis brazos. Por haberme aprendido tus virtudes y tus defectos, tus preferencias y tus costumbres.

Yo que hace algún tiempo claudiqué antes las vicisitudes de una vida que nunca deja de sorprenderme. Ahora que he dejado de buscar en cada esquina esas presencias que antaño resultaban imprescindibles para encontrarle sentido a los días nublados. Ahora que sé que lo que viene se va, que lo que se tiene se puede perder, que nunca puede dar uno nada por sentado. Y que la esencia de la existencia reside justamente en saber aprovechar cada segundo. Hoy que, después de mucho discutir, soy capaz de sentarme de vez en cuando a tomar un café con la vida para cerrar ciertos capítulos que me mantenían anclada a un pasado que cada día se hacía más pesado.

Después de descubrir todo lo que un día en el mundo puede ofrecernos. Que uno aprende a vivir con las pérdidas y que se puede disfrutar aún cuando se ha sufrido mucho. Que la nostalgia va de la mano con la fortuna y que en ningún caso son excluyentes. Ahora que sé que mi horizonte no lo dibuja nadie salvo yo. Hoy que la luna me ha enseñado que sólo he de llorar cuando el corazón lo exija y que, por el contrario, los motivos para ser feliz son infinitos. Infinitos como el universo. Infinitos como este hambre de seguir viviendo. Infinitos como el recuerdo, pero también como el presente y la dulzura de saberse vivo. 

martes, 1 de abril de 2014

Y un día cualquiera a la mentira Madre se le ocurrió tener hijos como loca; mentiras gordas, flacas, altas, bajitas, de patas cortas y lengua larga... mentiras a tiempo y mentiras que, por tardías, resultaron ser verdades. 

El tiempo siguió su transcurso sin tener en consideración el desarrollo de las mentirillas bebé. Ellas, por su parte, transitaron las distintas etapas de la vida y, una vez adultas, siguieron reproduciéndose. Fueron aumentando en número y, a pesar de sus diferencias, todas compartieron una misma pasión: pasearse por las conversaciones de los hombres, esos seres tan raros, disfrazadas de verdad.

Hoy en día resulta prácticamente imposible discernir un enunciado verdadero de uno falso. Ya no hay suero de la verdad que valga; hemos alcanzado un nivel de especialización en el arte del engaño que deja obsoletos todos los métodos existentes para evitar embustes. Los más atrevidos afirman que no somos sino fruto de nuestras propias mentiras.

Supongo que por eso no te creo cuando me dices que vas a estar aquí cuando llegue la tormenta; tal vez es esa la razón por la cual no deberías creerme cuando te digo que quiero que estés aquí mañana, 
o cuando te digo que te quiero, 
o cuando te digo que no te quiero,
o cuando en mi silencio encuentras la respuesta a tus interrogantes.

Quizás no deberíamos tomar ninguna de nuestras palabras por ciertas; tal vez en determinados momentos duela menos considerarlas todas sinceras. Eso lo decidiremos conforme vayamos estructurando los discursos y nos dejemos llevar por el enredo de ilusiones y desencuentros que gobierna este mundo.

Si te voy a perder que sea rápido. Y si nos vamos a dejar para luego mejor invertir esfuerzos en lo que nos apetezca hoy y no mañana; porque hoy estamos aquí y mañana quién sabe. Porque el cuento es demasiado corto como para empequeñecerse ante compromisos indeseados. Porque, al fin y al cabo, no hay fidelidad más hábil a la hora de sanar el alma que la que se puede tener para con uno mismo. 




sábado, 8 de marzo de 2014

Llevo tanto sin escribirte que me siento en una primera cita. Te advierto que me he despertado bruscamente y con la sinceridad por bandera, así que me voy a abstener de decorar en exceso algo que, por evitado, resulta tedioso. De todas formas tengo la sensación de haber recibido exactamente las mismas palabras por tu parte en alguna carta que decidí esconder por ese miedo irremediable a la pérdida que me acompaña hace ya algunos abriles. 

Hoy vengo a pedirte perdón. Me disculpo por haber dejado que el viento se llevase hasta la última de las cenizas consigo. En el fondo me pilló por sorpresa; un día me acerqué a la hoguera y me encontré con que no quedaba leña para alimentar el fuego. Supongo que había obviado un par de lluvias de por medio. Y ese "te echo de menos", que había degenerado en un "necesito verte" desesperado, se fue un día a comprar cigarrillos y nunca regresó. Tampoco se puede decir que sufriera mucho su partida.

Todavía no han pasado ni 500 noches y parece que el olvido ya ha venido a buscarte. Te has ido de viaje tan lejos que no creo que nos volvamos a ver. Y eso que algún día te sentí tan dentro que parecía imposible echarte. La realidad se interpuso en esos planes tan detallados y ambiciosos que solían descansar sobre el escritorio. Pero eso es parte de la vida, ¿no? Aprender a despedirse; saber decir adiós aún cuando duela tanto que tenga que cargar uno con esa mochila por un tiempo.

No sé muy bien cómo me siento; si este adiós definitivo me despierta acaso algo de decepción. La gente tiene por norma quedarse con lo bueno de las historias; yo prefiero rescatar también cada una de esas promesas que acabaron ahogándose en el fondo de una taza de café. Borro los archivos de la carpeta "asuntos pendientes" pero no vacío la papelera, por si acaso, por si en el futuro me da por recordarte y sonreír ante la evidencia de lo que fue algo tan asombroso que se ofreció a hacer las veces de musa. 

Porque quizás no serás, pero fuiste; fuiste tan intensamente que en su momento el destino parecía no admitir la posibilidad de un "hasta nunca" que ganó la partida en el último momento. Y hoy parece que aquel "au revoir" se viste de "adieu" y te saluda desde la ventana. Todavía con cariño pero ya sin amor; sin verse ya subyugado por tus lunares y tus manos. Sin un "por siempre" grabado en la frente temeroso de las maniobras del reloj.

Gracias por haber llenado esos capítulos en blanco sin habértelo yo pedido; gracias por tus comas y tus puntos, por tus besos y tus astutos modos de hacerme ver que no siempre es imprescindible dormir para soñar.




viernes, 20 de diciembre de 2013

Me hablas de embarcarte en búsquedas con destinos inciertos; de bailar esa canción que tanto odias hasta que te duelan los pies. Me lo cuentas todo desde el principio y das giros innecesarios a una historia que gotea inverosimilitud. Tus palabras siguen un trayecto irregular, no llegan a tocarme. Y hoy me he levantado con el pie izquierdo, para variar, para echarle toda la culpa cuando la cosa se tuerza.

El tiempo pasa y todo lo corroe; que nos lo cuenten a nosotros. Y eso que al principio nos movíamos como partes incompletas que, desesperadas, buscaban las sobras de algún amor de viernes por la noche. Nos sentábamos a tomar un café en cualquier parte del mundo y, de alguna forma, en cada sorbo ya nos transmitíamos la dosis diaria de amor. Y el azúcar sobraba si estabas a mi lado. 

Me desprendo de la justificación constante, de las mentiras bondadosas, de la excusa a cualquier precio. Nos acepto con errores y aciertos, en tiempo y espacio, en directo. Y te veo sonreír y ya no sé si por dentro hace frío o calor, si esas comisuras albergan acaso algo de esperanza. Soy incapaz de atravesar la barrera que cubre ahora tu mirada, y me pregunto si no habré participado yo misma en su construcción.

Pasan las estaciones y el invierno nos encuentra otra vez explorando en los resquicios de un "me he cansado de quererte" matutino y en ayunas. Y el café se ha quedado frío, y ya no nos quema la punta de la lengua al pasar.

lunes, 11 de noviembre de 2013





Vivir días más largos, soñar con noches más profundas. Perderme, buscarme una y otra vez. Encontrarte. Mantener una actitud encomiable cuando de quererte se trate; no rendirme ante las adversidades del tiempo. Olvidarme de olvidarte, tenerte en mente siempre; por voluntad propia, en ausencia de coacciones. Amarte.


Vamos a tientas por el camino del olvido. Vamos despacito, con precaución. Vamos juntos. Me tocas y me conviertes en verso y, si te fijas bien, a la vida se le está marcando un hoyuelo de tanto sonreírnos. Todos tenemos miedo alguna vez, eso ya no importa. Dame tu mano, perdámonos juntos. Sigamos a la luna en su itinerario; ella también nos ha estado siguiendo la pista.


El sol nos acaricia el rostro con delicadeza y nos desbordan las emociones. Nos hace cosquillas el viento; las nubes nos regalan lágrimas de felicidad. Al entrar en contacto nuestros cuerpos todo empieza a girar a nuestro alrededor. Bichitos danzan en cada uno de nosotros; nuestros ojos firman un acuerdo tácito. 


Te invito a morirnos de ganas; a sentir las ansias de vivir subiéndonos desde los tobillos 
Te invito a sonreír sin límites
Te invito a encontrar la belleza en cada suspiro,
en cada nacimiento,
en cada rosa que florece,
en cada cambio de estación


Mudemos de hoja; empecemos de nuevo. Dejemos atrás todo lo pasado que aún nos pesa. Seamos felices. 


Prefiero arder con cada sentimiento antes que verme inmersa en la vacuidad de una vida que no entiende de pasiones. Y prefiero arder contigo.
Más que verte te contemplo. Me cuelo entre tus párpados y puedo sentir esa mirada tan serena y emotiva que te viste a diario. No puedo negarme a tus ojos mientras me cuentan historias que tu boca jamás tendrá el valor de materializar, y el corazón se me rompe al tiempo que tu respiración me roza el cuello con dulzura.


Duermes, y el manto de inocencia que te cubre me incita a protegerte del mundo. Cuánto daño nos habremos hecho, y cuánto amor habremos dejado escapar por las rendijas de este vacío inexpugnable. Y aún así, en este instante impregnado de magia, nos convertimos una vez más en todo aquello que siempre deseamos.


Sé que el final es cierto. Lo noto en las arrugas de tus palmas, ahora inmóviles sobre mi cintura. Me pierdo en tu abrazo y grabo en la memoria el numeró exacto de lunares que visten tu perfil izquierdo. Acaricio cada uno de tus párpados y el calor de tu cuerpo me quema desde dentro. 


Ante la inminencia del descenlace, te susurro al oído lo agradecida que estoy de haberte conocido. Ojalá nunca sepas hasta qué punto llegué a necesitarte. Ojalá nadie te haga jamás tan suyo como yo te hice mío.


miércoles, 16 de octubre de 2013


Si nunca te dije "Hasta mañana" fue por miedo a que ese "mañana" nunca llegase. Porque yo ya había tenido un par de desencuentros con la vida y confiaba muy poco en la lealtad del destino. Tú me mirabas sorprendido por mi repentino mutismo, y yo no paraba de buscarle la rima asonante al perfil de tu mano sobre la mía.

Recuerdo que hasta la más sutil de las despedidas me quemaba por dentro; sentía que siempre llevaban implícito el riesgo de un adiós definitivo.

Espero que entiendas ahora el motivo por el cual nunca tuve el coraje de dedicarte tales palabras; aquello implicaba dejarnos en manos de una suerte incierta, y arriesgar contigo nunca fue una opción. Lo único que deseaba en aquel momento era que tú fueses todos mis "mañana".




Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he ...