Para
empezar, no preguntes. Ni siquiera yo soy propietaria de las respuestas que
esperas oír. Para proseguir quédate tal cual, sentada en las nubes con la
mirada perdida y el corazón hipotecado, pues siento que te resultará mucho más
sencillo asimilar los datos que a continuación voy a proporcionarte desde ahí
arriba.
Puede
que te sorprenda el nivel de agua acumulado, esta semana ha llovido mucho. De
todas formas desde hace un largo tiempo que el sol por aquí no asoma, pero
tengo la certeza de que sus vacaciones no pueden prolongarse para siempre. Por
lo tanto, en caso de que la humedad se torne un poco incómoda, bastará con que
le des al interruptor que tienes a mano izquierda. Pero procura no equivocarte
de color; es el azul. Créeme, es importante que no te confundas, un simple roce
al botón rojo y podría pasar algo malísimo. O no. Si te soy sincera nunca hemos
probado con él, la rutina ha sido más fuerte que las ganas de arriesgar estos
meses y últimamente nos movemos por inercia.
¿Qué
dónde estoy? No estoy segura. Las esquinas están un poco arrugadas. Puede que
sean los restos de aquella carta que nunca llegué a escribirte, o simplemente
el fantasma de un intento que nunca alcanzó el éxito por miedo al fracaso. No
te molestes si de tanto en tanto me distraigo buscándote en el reflejo de estas gotas que me calan
hasta los huesos; aunque no lo creas yo también llevo siguiéndote la pista
demasiado tiempo. El suficiente para haberme ido por las ramas, lo justo y
necesario para aprender a rehuir el objetivo más importante que se cocía por
aquí dentro. Sí, sabes muy bien de lo que hablo.
Tú, incluso más que yo, te has tirado noches
en vela a las puertas de un entendimiento que parecía haberte olvidado,
suplicando por alguna señal que, como por arte de magia y sin apenas esfuerzo,
llenase tu ciudad de una luz cegadora, inspiradora. Como si las farolas nunca
se hubieran apagado por completo ni se hubiera fundido hasta la última bombilla
de la astuta Avenida Esperanza, que aparecía y se esfumaba cuando le daba la gana,
¿recuerdas? Seguro que sí. Fue entonces cuando descubriste que nadie iba a
dictarte las pautas a seguir, que era exclusivamente asunto tuyo poner un
poquito de orden y limpiar el polvo que ya asfixiaba.
Te pido
perdón si a veces me desvío del objetivo, ya sabes cuánto me gusta analizar
hasta el más ínfimo detalle que tengo el placer de percibir. En cualquier caso
llevas demasiado tiempo sin tener estas sensaciones tan jodidamente perfectas
en su propia imperfección así que, en última instancia, piensa en cuánto
anhelabas estar donde te encuentras ahora mismo, seguro que esa simple idea
hace más llevadero todo este rollo que suponen mis distracciones.
Lo
primero que he tenido que hacer ha sido una limpieza general, intensiva. No
puedes imaginarte hasta qué nivel estaba lleno esto de basura, de mierda
acumulada. Pero no desesperes, te prometo que hasta el último recoveco ha
quedado reluciente; eso sí, a partir de hoy tendrás que ser un poquito más
responsable de su higiene, ¿sabes? Te hablo de limpiarlo de vez en cuando, por
el hecho de no llegar otra vez al estado de caos con el que me encontré cuando
se me ocurrió bajar a ver qué era lo que estaba yendo mal por aquí.
Paseando
por la calle Ilusiones me lleno de sensaciones inefables. Sí, no hace falta que
me lo digas, me percaté del estado de tus jardines. Para tu alivio has de saber
que he vuelto a plantar una a una todas las flores que se habían marchitado con
el paso de un invierno anticipado. Lo he hecho con todo el amor del mundo. Han
quedado preciosas. Blancas, amarillas, rojas, rosas… incluso azules. Para que
no te canses. Para que te reinventes. Para que no pierdas de vista esa
inquietud que siempre te ha abierto caminos tan caprichosos.
La
Avenida Sensibilidad…bueno, supongo que esa nunca estuvo rota del todo. No me
voy a parar a comentar sobre asuntos triviales, sólo decirte que está
abarrotada de gente. Personas que caminan con un aire taciturno, otras que
ríen, algunas que lloran. Todas irremediablemente felices por poder sentir otra
vez todo eso que habías dejado aparcado. Por poder vivir otra vez todo eso que
habías guardado en el cajón de los asuntos pendientes.
¿Quieres
escuchar algo gracioso? Ha dejado de llover repentinamente. Sí, será tu culpa,
no te hagas la loca. En realidad siempre has tenido el control sobre todo lo
que se movía por aquí, creo que simplemente no lo has sabido organizar hasta el
día en que finalmente te despojaste de ese miedo tan absurdo que te corroía por
dentro.
Quiero
pedirte, desde lo más profundo de mí –y, por favor, apúntatelo, que sé muy bien
que las cosas prácticas no las llevas muy al día- algo a lo que le llevo dando
vueltas hace mucho: no dejes que la aparición de otro frío asolador te deje tan
desorientada como entonces cuando decidiste alejarme de ti. No me sueltes.
Vete de vez en cuando si quieres, en caso de
que te aburras, o te enfades, o llegue, por mi terrible inmadurez, a herirte. Sé
que mi percepción tan diferente del mundo puede resultar en ocasiones
agobiante. Pero vuelve. Vuelve moviendo las caderas como tanto te gusta,
eclipsando cualquier otro paisaje de este maravilloso lugar que te he
preparado.
Y por
último, decirte que eres maravillosa. Increíble como solo tú sabes. Perfecta
cuando das rienda suelta a cada uno de tus defectos, de tus virtudes. Eres
única, irremediablemente humana y, sobre todo, una luchadora. Y, ¿sabes qué?
Con todo el orgullo del mundo te grito al oído que puedes sumar una victoria
más, porque esta guerra la has superado con creces.
Porque
todavía nos quedan muchas batallas que ganar, y porque sólo con las perdidas
irás llenando de aprendizajes en forma de farola la que es, quizás, la más
importante de tus calles, esa que con tanta ilusión bautizaste con el nombre de
“La Vita È Bella!”
No
temas. He acolchado el suelo y podrás encontrar escaleras de emergencia en cada
esquina. Te he dejado además una paleta de colores sobre la cuna de tu reciente
entusiasmo, ahora te toca a ti seguir pintando.
Postdata:
Gracias por escucharme, por pararte a pensar en mí. Gracias por dejarme encontrarte,
por encontrarme. Gracias por brindarme la posibilidad de explorar en lo más
profundo de ti para poder entenderme.