Si nunca te dije "Hasta mañana" fue por miedo a que ese "mañana" nunca llegase. Porque yo ya había tenido un par de desencuentros con la vida y confiaba muy poco en la lealtad del destino. Tú me mirabas sorprendido por mi repentino mutismo, y yo no paraba de buscarle la rima asonante al perfil de tu mano sobre la mía.
Recuerdo que hasta la más sutil de las despedidas me quemaba por dentro; sentía que siempre llevaban implícito el riesgo de un adiós definitivo.
Espero que entiendas ahora el motivo por el cual nunca tuve el coraje de dedicarte tales palabras; aquello implicaba dejarnos en manos de una suerte incierta, y arriesgar contigo nunca fue una opción. Lo único que deseaba en aquel momento era que tú fueses todos mis "mañana".