Más que verte te contemplo. Me cuelo entre tus párpados y puedo sentir esa mirada tan serena y emotiva que te viste a diario. No puedo negarme a tus ojos mientras me cuentan historias que tu boca jamás tendrá el valor de materializar, y el corazón se me rompe al tiempo que tu respiración me roza el cuello con dulzura.
Duermes, y el manto de inocencia que te cubre me incita a protegerte del mundo. Cuánto daño nos habremos hecho, y cuánto amor habremos dejado escapar por las rendijas de este vacío inexpugnable. Y aún así, en este instante impregnado de magia, nos convertimos una vez más en todo aquello que siempre deseamos.
Sé que el final es cierto. Lo noto en las arrugas de tus palmas, ahora inmóviles sobre mi cintura. Me pierdo en tu abrazo y grabo en la memoria el numeró exacto de lunares que visten tu perfil izquierdo. Acaricio cada uno de tus párpados y el calor de tu cuerpo me quema desde dentro.
Ante la inminencia del descenlace, te susurro al oído lo agradecida que estoy de haberte conocido. Ojalá nunca sepas hasta qué punto llegué a necesitarte. Ojalá nadie te haga jamás tan suyo como yo te hice mío.