El sofá es cómodo, la manta más nuestra que tuya. Y cuidado
con mi culo gordo, puede que, sin querer, te sitúe a cuestión de milímetros de
mis manos confusas de baby. Y no respondo.
No apagues la luz tan rápido, no te enciendas aún. Que a
estas alturas este nada se viste de mucho, independiente y con su propio valor.
Hoy me falla el ingenio y te lo digo todo sin decírtelo,
como ya es costumbre por aquí. Y un abandonado futuro cae rendido ante la
vulgaridad de la realidad.
Que nunca he echado de más una sola de tus palabras, de tus
comas; pero este punto y aparte me sabe a los miles de millones invertidos en
despedidas, y no estoy segura de ser capaz de dejarte ir del todo. Porque ya no
estás, pero sigues aquí. Porque ya no sé cómo echarte sin que te lleves contigo
una pieza que encaja jodidamente bien en este puzzle.
La vista se me nubla y ya no quiero jugar más, salvo si de
descifrar uno de tus acertijos se trata. Y lo de que a veces el ego nos juegue
malas pasadas es parte esencial, hoy por hoy, de esta función que el dichoso
tiempo se empeña en cancelar.
Te recuerdo que este contrato no tenía fecha de vencimiento
y, hasta el momento, hemos cumplido todas las cláusulas.
Que aunque no quiera creerte nada, nunca he estado más
segura. Que tus falsas declaraciones de intenciones acaban por ganarme. Que ser
contigo siempre es mucho más interesante que ser a tu lado. Que si ésta es la
definitiva y, llegados al hipotético punto de no retorno, puedo asegurarte que
ha merecido la pena. Porque siempre has sabido romperme como nadie. Porque siempre has sido el motivo.