Y un día cualquiera a la mentira Madre se le ocurrió tener hijos como loca; mentiras gordas, flacas, altas, bajitas, de patas cortas y lengua larga... mentiras a tiempo y mentiras que, por tardías, resultaron ser verdades.
El tiempo siguió su transcurso sin tener en consideración el desarrollo de las mentirillas bebé. Ellas, por su parte, transitaron las distintas etapas de la vida y, una vez adultas, siguieron reproduciéndose. Fueron aumentando en número y, a pesar de sus diferencias, todas compartieron una misma pasión: pasearse por las conversaciones de los hombres, esos seres tan raros, disfrazadas de verdad.
Hoy en día resulta prácticamente imposible discernir un enunciado verdadero de uno falso. Ya no hay suero de la verdad que valga; hemos alcanzado un nivel de especialización en el arte del engaño que deja obsoletos todos los métodos existentes para evitar embustes. Los más atrevidos afirman que no somos sino fruto de nuestras propias mentiras.
Supongo que por eso no te creo cuando me dices que vas a estar aquí cuando llegue la tormenta; tal vez es esa la razón por la cual no deberías creerme cuando te digo que quiero que estés aquí mañana,
o cuando te digo que te quiero,
o cuando te digo que no te quiero,
o cuando en mi silencio encuentras la respuesta a tus interrogantes.
Quizás no deberíamos tomar ninguna de nuestras palabras por ciertas; tal vez en determinados momentos duela menos considerarlas todas sinceras. Eso lo decidiremos conforme vayamos estructurando los discursos y nos dejemos llevar por el enredo de ilusiones y desencuentros que gobierna este mundo.
Si te voy a perder que sea rápido. Y si nos vamos a dejar para luego mejor invertir esfuerzos en lo que nos apetezca hoy y no mañana; porque hoy estamos aquí y mañana quién sabe. Porque el cuento es demasiado corto como para empequeñecerse ante compromisos indeseados. Porque, al fin y al cabo, no hay fidelidad más hábil a la hora de sanar el alma que la que se puede tener para con uno mismo.