Nos aferramos a los vestigios de un pasado más feliz, más
sencillo. Aquellos días en que nos despertábamos entre ráfagas de optimismo, y
no con el tortuoso eco de unas balas que no siempre llegan a su destinatario
inicial.
El mundo ya no es seguro. Y no me refiero sólo a la desigual
distribución de los recursos a nivel mundial, ni a las injusticias que
acontecen a diario, ni a la multitud de retrógrados que entorpecen la evolución
de una sociedad cada vez más desdichada y temerosa de los cambios. No, no sólo hablo
de eso; también del progresivo deterioro de la humanidad a nivel moral.
Cada día se me hace más cuesta arriba creer en la efectiva
existencia de aquel “sentimiento de empatía común a todas las personas”
promulgado por Hume. Los intereses personales se han hecho con el poder, el
individualismo ha plantado su bandera en la cúspide de la jerarquía social. Y,
a fin de cuentas, ¿qué más dará que la persona que a mi lado se sienta se esté
muriendo de hambre, cuando yo puedo permitirme toda clase de lujos que exceden
toda necesidad básica?
El dinero ya no sólo deviene el comprador más eficaz de una “felicidad”
transitoria, el poder ya no sólo otorga innumerables privilegios a quienes se
jactan de ser superiores al prójimo en diversas materias; el mundo ya no es sólo
el sitio que habitamos, sino el escenario de una progresiva degradación del ser
humano.
No sé lo que depara el futuro, ni cómo conseguiremos
recuperarnos tras esta claudicación general ante las adversidades que se nos
han ido presentando. Pero siento miedo, y espero, con toda sinceridad, que esto
no sea sino una “pérdida por el camino”, y no nos espere una derrota inminente.