Pedro se despertó aquel día sumido en un sentimiento
inquietante. El aire se le antojaba más asfixiante de lo normal, y a cada paso
parecía acecharle una sombra espeluznante. Hacía bastante que no se tomaba el
tiempo suficiente para inspeccionar su mundo interno; tanta lluvia y tanto caos
le habían enseñado como única opción racional el suspender toda reflexión
posible.
Cogió su taza de café, como cada mañana, aunque en esta
ocasión su sabor a soledad era más intenso que de costumbre. Se sentó en el sofá
anaranjado –cuyo desgaste recordaba absurdamente al demacre de su rostro- con
la sospecha de que, sin querer, había despertado a las antiguas inquietudes que
lo corroían por dentro. Quizás había llegado, finalmente, el momento que
llevaba posponiendo desde aquel oscuro noviembre. Bolígrafo en mano, se dispuso
a limpiar un poco su pecho, con el propósito de reducir la presión que le
dificultaba la respiración hasta lo insoportable:
Querida Ana,
De más está decirte que
tu ausencia se ha ocupado de opacar todos los colores que antes iluminaban esta
historia que escribo día a día. No voy a mentirte, y pese a que mi firma reposa
sobre aquel contrato que nunca llegamos a escribir, aún hoy, en días así, me
pregunto el porqué y el hasta cuándo de este sabor amargo.
Vas a pensar que soy
ridículo, y espero no te avergüences de mí, pero aún conservo aquella nota que
con tanta ilusión te entregué el día aquel en que algo se despertó entre los
dos. Descansa sobre tu mesa de noche y, aunque se trate de un ridículo papel
arrugado, no es más que un burdo representante de tu presencia. Inútil, tal
vez, pero necesario para hacer esto más llevadero.
Si te soy sincero, y si
bien sabes soy muy fuerte –como tantas veces te encargaste de repetirme cuando
las aguas se enturbiaban-, a veces no encuentro puntos de referencia estables.
En determinadas situaciones prevalece el miedo; un sentimiento que no ha dejado
de acompañarme desde que el dichoso destino te arrancó de mis manos de manera
vil.
No sé cómo explicarte,
Ana, que, desde donde quiera que estés, sigues desencadenando litigios
infernales entre las dos mentes que rigen mis actos: la racional y la
emocional. Últimamente, he de decirte, es clara vencedora la segunda de ellas,
pero supongo que eso es tu culpa, pues de no ser por ti este cuerpo seguiría
dominado por el más inconmovible de los hielos.
Dime Ana, ¿de haber
sido conscientes de lo que nos esperaba, no hubiésemos extinguido hasta el
último suspiro con tal de aprovechar todos y cada uno de los segundos
disponibles? Esta es una de las dudas que más me atormenta; nos olvidamos del
tiempo, pero él nunca dejó de tenernos en cuenta. Tan bien como yo sabes que lo
que construimos iba más allá de las barreras temporales, y no peco al afirmar
que, para entonces, no existía para nosotros más realidad que el irremediable
sentimiento que nos acunaba.
A veces todavía puedo
oírte cantar desde el jardín; otras se me antoja imposible el no sentir tus
caricias sobre mi espalda. Supongo que mi vida se ha convertido en una espera
constante. Tortuosa, intolerable. Cuento segundos al ritmo de la ensordecedora
melodía del reloj, que al día de hoy preside todos y cada uno de mis
movimientos.
Sé muy bien lo que te
prometí, y tengo impreso en el corazón, como si fuera ayer, el “te amo” que difícilmente
dejaste escapar entre tus últimos suspiros. Pero no puedo, Ana, la resignación
se me presenta como imposible. Mi único deseo es reunirme contigo; dejar de
envidiar a los ángeles, que ahora pueden contemplarte a su gusto –aunque sabe Dios
que en más de una ocasión nos ganamos una entrada directa al Infierno-. Contigo
aquí hasta el aire me resultaba prescindible. Tú eras mi aire.
Incapaz de seguir escribiendo, Pedro se quedó inmóvil en
frente de aquella carta, arrugada ahora por las más sinceras de las lágrimas. Le
invadió la firme convicción de que, durante el tiempo que aún le quedase,
seguiría viviendo a medias, como malamente puede vivir uno cuando la mitad de
sí se ha perdido para siempre.
La última vez que vi a Pedro yo contaba con apenas diez años,
y él tuvo el valor de abrirme las puertas a tan entristecedor episodio. Tal vez
fue porque es más simple hablar con un niño que destila pureza e ingenuidad, sin
los compromisos ni las reacciones tan poco asertivas propias de los adultos. En
cualquier caso, y si bien se me escaparon muchos detalles que el tiempo y la
madurez me enseñarían en carne propia, recuerdo que fue entonces cuando se
despertó en mí el temor a eso que los mayores llamaban “amor”. Pensé que era lo
más duro que a uno podía ocurrirle, y no tardé en comunicar mis preocupaciones
a mi anciano amigo.
No obstante, y antes de brindarme el último adiós, Pedro se
ocupó de jurarme que amar era lo más maravilloso que iba a ocurrirme en la
vida. Hoy lo sé.
Los hombres vivimos con la condena del miedo a sufrir, lo que
en muchos casos nos paraliza y condiciona nuestros actos. Pero aquel día Pedro
me contó un secreto tan valioso que aún a mis treinta años seguiría moviéndome
tanto por dentro que apenas puedo hablar al acordarme: “El sufrimiento no es
más que una prueba incuestionable de que la más absoluta de las felicidades
estuvo algún día en tus manos”. Y supongo que, al pensarlo de este modo, el
dolor no es sino una prueba de que la fortuna y la dicha algún día tocaron mi
puerta y me brindaron su compañía. Y eso es algo por lo que uno puede estar
orgulloso.
Nunca supe nada más de Pedro, ni tuve el placer de volver a
encontrarme con él. Pero aquel hombre sigue presente en mí, como Ana continuó
viva en él tras su partida; como las cosas memorables nunca mueren, pues su
esencia permanece en nosotros para siempre.