Querido Pedro,
Ojalá existiese modo
alguno para hacerte saber que cada una de tus palabras me ha llegado
directamente al corazón, aún lleno por todo el amor que en él depositaste. No
puedo estar ya a tu lado, es cierto, pero quiero que sepas que no he dejado de
estar contigo ni un sólo segundo.
A veces me escondo en
esa brisa que humildemente despeina tu pelo por las mañanas; otras, simplemente
me siento en la butaca contigua al sofá para observarte mientras, con cara de
disgusto, recorres a desgana las páginas de un periódico que nunca contará
nuestra historia.
Yo estoy bien, Pedro. Este
sitio es maravilloso. No creas nada de lo que puedan decirte por allí abajo,
pues hasta el más sublime de los halagos se quedaría corto. Créeme. Aquí el
dolor no existe, y la paz no es un hecho extraordinario, sino nuestro pan de
cada día. No tenemos que dejarnos la piel para intentar superar un techo de
cristal impuesto por otros, pues aquí somos todos iguales.
Además, el sentimiento
dominante es un amor inigualable –casi como el nuestro- por el prójimo. No
tiene sentido la envidia ni el odio, pues todos somos una unidad inseparable,
indestructible. Respecto a las nubes, no he tenido la oportunidad de descansar en
más plácido lecho. Por las noches sueñas escenas formidables, y los veteranos
me han confesado que, una vez aquí, sólo sueña uno con aquello que más
felicidad le produce. De más está contarte que en mis sueños siempre apareces
tú.
He de decirte que me
preocupa verte tan cabizbajo últimamente, Pedro. Desearía, aunque sólo fuese
durante un instante, poder susurrarte al oído que en cada paso que das yo te
acompaño. Que tu sombra ya no es sólo tuya, pues continuamente me fundo en ella
para velar por ti.
Voy dejándote señales por dondequiera que
paso. No es casualidad que sientas mis dedos recorrer tu espalda dibujando
formas imposibles, ni menos aún que a veces creas oírme cantar desde el jardín –mis
disculpas, bien sabes que el canto nunca fue lo mío-. Siempre, en cada uno de
esos tic tac que a tan elevado precio se venden ahora, estoy protegiéndote. Mis
promesas nunca fueron en vano.
No tengas miedo. Y,
sobre todo, no te rindas. Por favor, te lo ruego. Sé muy bien que no entiendes
el porqué de lo que nos sucedió, ni cómo algo tan perfecto pudo desembocar en
tan precipitado final. La razón, Pedro, es que aquel día no marcó el inicio de
ningún desenlace.
A todos nos llega el
momento, pero te prometo que una vez aquí todo cobra sentido. Aunque no puedas
aceptarlo ahora; aunque el dolor te ciegue y te impida comprenderlo.
Volveremos a reunirnos,
mi amor, cuando tengamos que hacerlo; ni una milésima de segundo antes, ni una después.
Hasta entonces seguiré dejándote dosis de este amor tan grande cada día, cada
hora, en cada gesto, pues menos no debo a aquel que un día me robó el corazón.
Te amo, Pedro.
Pedro nunca tuvo la seguridad de que Ana podía escucharlo, o
quizás sí. Pero ella jamás dejó de protegerlo, de cuidarlo y de amarlo, ni se
le ocurrió dejar de arroparlo una sola noche. Y lo cierto es que, de algún
modo, él siempre la sintió cerca.
Las personas que amamos nunca nos abandonan. Muchas veces nos
resignamos a su partida, asumiendo que el reencuentro no llegará sino hasta
después de partir nosotros mismos. Pero la verdad es que ellos están siempre
velando por nosotros. Siguen cada uno de nuestros pasos, ya desde su condición
de ángeles, y contestan, a su modo, a cada una de nuestras palabras. Por ello
no es de sorprender que a veces sintamos su presencia, o que alguna brisa nos
recuerde sospechosamente a su rostro, a su olor. Son ellos, haciéndonos ver que
el amor no entiende de tiempos ni espacios; recordándonos que existen
sentimientos inmortales, infinitos.