miércoles, 29 de mayo de 2013

Porque amores que matan nunca mueren


Pedro se despertó aquel día sumido en un sentimiento inquietante. El aire se le antojaba más asfixiante de lo normal, y a cada paso parecía acecharle una sombra espeluznante. Hacía bastante que no se tomaba el tiempo suficiente para inspeccionar su mundo interno; tanta lluvia y tanto caos le habían enseñado como única opción racional el suspender toda reflexión posible.

Cogió su taza de café, como cada mañana, aunque en esta ocasión su sabor a soledad era más intenso que de costumbre. Se sentó en el sofá anaranjado –cuyo desgaste recordaba absurdamente al demacre de su rostro- con la sospecha de que, sin querer, había despertado a las antiguas inquietudes que lo corroían por dentro. Quizás había llegado, finalmente, el momento que llevaba posponiendo desde aquel oscuro noviembre. Bolígrafo en mano, se dispuso a limpiar un poco su pecho, con el propósito de reducir la presión que le dificultaba la respiración hasta lo insoportable:


Querida Ana,

De más está decirte que tu ausencia se ha ocupado de opacar todos los colores que antes iluminaban esta historia que escribo día a día. No voy a mentirte, y pese a que mi firma reposa sobre aquel contrato que nunca llegamos a escribir, aún hoy, en días así, me pregunto el porqué y el hasta cuándo de este sabor amargo.

Vas a pensar que soy ridículo, y espero no te avergüences de mí, pero aún conservo aquella nota que con tanta ilusión te entregué el día aquel en que algo se despertó entre los dos. Descansa sobre tu mesa de noche y, aunque se trate de un ridículo papel arrugado, no es más que un burdo representante de tu presencia. Inútil, tal vez, pero necesario para hacer esto más llevadero.

Si te soy sincero, y si bien sabes soy muy fuerte –como tantas veces te encargaste de repetirme cuando las aguas se enturbiaban-, a veces no encuentro puntos de referencia estables. En determinadas situaciones prevalece el miedo; un sentimiento que no ha dejado de acompañarme desde que el dichoso destino te arrancó de mis manos de manera vil.

No sé cómo explicarte, Ana, que, desde donde quiera que estés, sigues desencadenando litigios infernales entre las dos mentes que rigen mis actos: la racional y la emocional. Últimamente, he de decirte, es clara vencedora la segunda de ellas, pero supongo que eso es tu culpa, pues de no ser por ti este cuerpo seguiría dominado por el más inconmovible de los hielos.

Dime Ana, ¿de haber sido conscientes de lo que nos esperaba, no hubiésemos extinguido hasta el último suspiro con tal de aprovechar todos y cada uno de los segundos disponibles? Esta es una de las dudas que más me atormenta; nos olvidamos del tiempo, pero él nunca dejó de tenernos en cuenta. Tan bien como yo sabes que lo que construimos iba más allá de las barreras temporales, y no peco al afirmar que, para entonces, no existía para nosotros más realidad que el irremediable sentimiento que nos acunaba.

A veces todavía puedo oírte cantar desde el jardín; otras se me antoja imposible el no sentir tus caricias sobre mi espalda. Supongo que mi vida se ha convertido en una espera constante. Tortuosa, intolerable. Cuento segundos al ritmo de la ensordecedora melodía del reloj, que al día de hoy preside todos y cada uno de mis movimientos.

Sé muy bien lo que te prometí, y tengo impreso en el corazón, como si fuera ayer, el “te amo” que difícilmente dejaste escapar entre tus últimos suspiros. Pero no puedo, Ana, la resignación se me presenta como imposible. Mi único deseo es reunirme contigo; dejar de envidiar a los ángeles, que ahora pueden contemplarte a su gusto –aunque sabe Dios que en más de una ocasión nos ganamos una entrada directa al Infierno-. Contigo aquí hasta el aire me resultaba prescindible. Tú eras mi aire.


Incapaz de seguir escribiendo, Pedro se quedó inmóvil en frente de aquella carta, arrugada ahora por las más sinceras de las lágrimas. Le invadió la firme convicción de que, durante el tiempo que aún le quedase, seguiría viviendo a medias, como malamente puede vivir uno cuando la mitad de sí se ha perdido para siempre.



La última vez que vi a Pedro yo contaba con apenas diez años, y él tuvo el valor de abrirme las puertas a tan entristecedor episodio. Tal vez fue porque es más simple hablar con un niño que destila pureza e ingenuidad, sin los compromisos ni las reacciones tan poco asertivas propias de los adultos. En cualquier caso, y si bien se me escaparon muchos detalles que el tiempo y la madurez me enseñarían en carne propia, recuerdo que fue entonces cuando se despertó en mí el temor a eso que los mayores llamaban “amor”. Pensé que era lo más duro que a uno podía ocurrirle, y no tardé en comunicar mis preocupaciones a mi anciano amigo.

No obstante, y antes de brindarme el último adiós, Pedro se ocupó de jurarme que amar era lo más maravilloso que iba a ocurrirme en la vida. Hoy lo sé.

Los hombres vivimos con la condena del miedo a sufrir, lo que en muchos casos nos paraliza y condiciona nuestros actos. Pero aquel día Pedro me contó un secreto tan valioso que aún a mis treinta años seguiría moviéndome tanto por dentro que apenas puedo hablar al acordarme: “El sufrimiento no es más que una prueba incuestionable de que la más absoluta de las felicidades estuvo algún día en tus manos”. Y supongo que, al pensarlo de este modo, el dolor no es sino una prueba de que la fortuna y la dicha algún día tocaron mi puerta y me brindaron su compañía. Y eso es algo por lo que uno puede estar orgulloso.


Nunca supe nada más de Pedro, ni tuve el placer de volver a encontrarme con él. Pero aquel hombre sigue presente en mí, como Ana continuó viva en él tras su partida; como las cosas memorables nunca mueren, pues su esencia permanece en nosotros para siempre.

Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he ...