lunes, 30 de septiembre de 2013

Forsan et haec olim meminisse juvabit





Las nubes limpian con su llanto las huellas de una calle que ha quedado desierta. Cada una de aquellas lágrimas se lleva consigo los últimos rastros de una historia, quizás aún inacabada, tal vez aún ni siquiera iniciada. Desemboco en una especie de catarsis y siento el efecto purificador del agua, que también arrastra ahora los últimos signos de malestar en mi alma.


Dejo que mi rostro se empape en aquel milagro, y me pregunto cuántas personas estarán experimentando una sensación similar en ese preciso instante. Y es casi perfecto; la inexorable melodía del reloj ha perdido todo su efecto y el mundo se ha congelado, al tiempo que mis manos ahuecadas recogen gustosas un trocito del cielo. Y cuántas vidas y cuántos relatos, y cuántas despedidas y cuántos primeros encuentros esconderán en sus profundidades. Siento entonces que se me brinda la oportunidad de formar parte de todas aquellas casualidades y causalidades, y sospecho que el universo en su conjunto claudica ante la belleza de aquel diluvio.


Una sonrisa al otro lado de la calle me confirma que alguien más participa de esta felicidad tan caprichosa. Mi atención se concentra ahora en su semblante, cuidando no tropezar y caer de lleno en la mirada. Hay que andarse con precaución con los ojos; suelen estos expresar mucho más de lo emocionalmente sostenible. Puede uno incluso llegar a perderse en ellos y no encontrar jamás un punto de retorno.


Absorta en el gesto de aquel extraño, puedo sentir una vez más el roce de tus yemas acariciándome la mejilla izquierda. Y últimamente no paro de pensar en la locura de haberte conocido y la incoherencia de haberte dejado marchar entre las noticias de un domingo manchado de café. 


En los últimos meses he podido comprobar que el poder del tiempo no es infalible; que tachar días en un calendario teñido de ausencia no desemboca en el olvido. Y la distancia no ha sido óbice para sentirte pegado a mi costado siempre que el tiempo se ha vuelto loco y nos hemos quedado a temperaturas bajo cero.


El miedo se ha vuelto un aliado constante. Y en el fondo tengo miedo de que al miedo se le vayan desgastando las esquinas. Caigo presa del pánico cuando concibo la posibilidad de que, algún día, el miedo se canse de tener miedo y se vaya, maleta en mano, con todos los retazos de un recuerdo que cada día se hace más borroso.


No te voy a mentir, a veces también pienso en salvarme. Entonces me dejo seducir por la idea de no volver a pensarte; de no vivir esclava de este hambre insaciable de tus labios. Pero los mecanismos del corazón se me resisten, y otra vez la desdicha de unas manos, que no saben dibujar sino la desesperación de amarte entre sollozos, me lleva hacia ti.


No sé cuándo fue que la luna se nos puso en contra; cuándo fue que el sol se marchó a Roma dejándonos en medio de un aeropuerto vacío. Pero desando cada paso con la ilusión de converger contigo en este camino lleno de piedras y, tal vez, contemplar juntos aquel horizonte que un día supimos cruzar de la mano. Porque no soy sin ti y sin mí no eres tú del todo.



Hasta entonces seguiré amándote entre líneas, sintiendo tu aroma en todas las canciones de amor del mundo.

Hasta entonces, mi amor, seguiré encontrándote en cada puesta de sol,
en cada gesto extraño,
en cada atisbo de luz.










miércoles, 4 de septiembre de 2013

¡Ojo con la sal!

Dicen que el pasar la sal de mano a mano trae consigo la mayor de las desgracias. Al parecer, el procedimiento idóneo a seguir es el siguiente: la sal -todopoderosa- ha de ser depositada por uno de los agentes coadyuvantes en la misión sobre la mesa -cuidando que no se caiga un solo granito, pues este accidente puede asimismo desencadenar muertes y otras fatalidades- y, sólo después de haber concluido este paso, la segunda persona involucrada puede adueñarse del mineral en cuestión y, de este modo, proceder a sazonar sus alimentos.

Hoy, durante la comida, le pedí a mi hermano pequeño que me pasase el dichoso salero -pues mis papilas gustativas decidieron por mí que la ensalada estaba bastante sosa- y, una vez tuve aquel diminuto objeto en las manos, advertí la monstruosidad que acababa de cometer. Sí, señoras y señores, había tomado aquella sal directamente de las palmitas de mi hermano. Lo peor fue que, tras darme cuenta de la barbaridad de la que había sido protagonista, mi memoria a largo plazo -siempre tan juguetona- me ilustró unas mil situaciones similares en las que no había sido consciente de mi error ¡Oh, no!, ¡pobre de mi! ¿Qué desdichas me aguardaban ahora?

Lo cierto es que nunca he sido supersticiosa. No obstante, siempre me ha maravillado la manera en que el ser humano se aferra a creencias de toda índole con el fin de explicar todo aquello que sucede, tanto a su alrededor como en sí mismo, la mayoría de las veces para eximirse de responsabilidades -sí, así de adorables somos-. De este modo, gracias a tan desafortunado acontecimiento, entendí que ya había encontrado a un culpable para todos mis pesares. Fundamentalmente para el más inmediato: mi falta de inspiración. Así pues, deduje que la sal se había llevado consigo toda mi creatividad y la había depositado en el fondo del mar -y el sufrimiento que esto me producía era digno de ser publicado vía Twitter-.

Sin embargo, una vez hecha la digestión -se cree popularmente que dicha operación demora aproximadamente una hora- los miedos se habían disipado considerablemente y con su partida se despertó, no sin dificultad, mi espíritu inquisitivo. Tal vez, pensé entonces, y sólo tal vez, la sal no me hubiese robado a mi musa -todos los demás cargos seguían, obviamente, vigentes y pendientes de juicio-.

Quizás estas semanas he estado más pendiente del futuro y otras banalidades no ciertas que del volumen de mis inspiraciones. Y es que, cuando se deja uno llevar por las preocupaciones cotidianas -más por vicio que por necesidad-, se olvida de llevar a cabo una actividad realmente esencial en la vida: dedicar tiempo y amor al estudio de uno mismo. Así, sin invitarme a tomar un café para hablar sobre los últimos acontecimientos y sacar cosas en claro, la inutilidad a la hora de escribir era segura.

Entenderse uno mismo, lejos de ser un privilegio, es una prioridad. Las emociones no han de ser rechazadas, sino detectadas y vividas -y, en caso de ser necesario, moderadas-. De esta forma, el miedo y el dolor, y la felicidad y la pasión, pueden continuar su trayecto constante de trazado circular, y ofrecernos experiencias dignas de ser analizadas, cuando no apreciadas y recordadas.


Cada día estoy más segura de que conocerte a ti mismo es una de las mayores dichas a las que se puede -y se debe- aspirar. Y amarte y cuidarte -en todas y cada una de tus facetas- se me antoja indispensable para que sea posible, consecuentemente, hacer lo propio con el resto del mundo.

Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he ...