Las nubes limpian con su llanto las huellas de una calle que ha quedado desierta. Cada una de aquellas lágrimas se lleva consigo los últimos rastros de una historia, quizás aún inacabada, tal vez aún ni siquiera iniciada. Desemboco en una especie de catarsis y siento el efecto purificador del agua, que también arrastra ahora los últimos signos de malestar en mi alma.
Dejo que mi rostro se empape en aquel milagro, y me pregunto cuántas personas estarán experimentando una sensación similar en ese preciso instante. Y es casi perfecto; la inexorable melodía del reloj ha perdido todo su efecto y el mundo se ha congelado, al tiempo que mis manos ahuecadas recogen gustosas un trocito del cielo. Y cuántas vidas y cuántos relatos, y cuántas despedidas y cuántos primeros encuentros esconderán en sus profundidades. Siento entonces que se me brinda la oportunidad de formar parte de todas aquellas casualidades y causalidades, y sospecho que el universo en su conjunto claudica ante la belleza de aquel diluvio.
Una sonrisa al otro lado de la calle me confirma que alguien más participa de esta felicidad tan caprichosa. Mi atención se concentra ahora en su semblante, cuidando no tropezar y caer de lleno en la mirada. Hay que andarse con precaución con los ojos; suelen estos expresar mucho más de lo emocionalmente sostenible. Puede uno incluso llegar a perderse en ellos y no encontrar jamás un punto de retorno.
Absorta en el gesto de aquel extraño, puedo sentir una vez más el roce de tus yemas acariciándome la mejilla izquierda. Y últimamente no paro de pensar en la locura de haberte conocido y la incoherencia de haberte dejado marchar entre las noticias de un domingo manchado de café.
En los últimos meses he podido comprobar que el poder del tiempo no es infalible; que tachar días en un calendario teñido de ausencia no desemboca en el olvido. Y la distancia no ha sido óbice para sentirte pegado a mi costado siempre que el tiempo se ha vuelto loco y nos hemos quedado a temperaturas bajo cero.
El miedo se ha vuelto un aliado constante. Y en el fondo tengo miedo de que al miedo se le vayan desgastando las esquinas. Caigo presa del pánico cuando concibo la posibilidad de que, algún día, el miedo se canse de tener miedo y se vaya, maleta en mano, con todos los retazos de un recuerdo que cada día se hace más borroso.
No te voy a mentir, a veces también pienso en salvarme. Entonces me dejo seducir por la idea de no volver a pensarte; de no vivir esclava de este hambre insaciable de tus labios. Pero los mecanismos del corazón se me resisten, y otra vez la desdicha de unas manos, que no saben dibujar sino la desesperación de amarte entre sollozos, me lleva hacia ti.
No sé cuándo fue que la luna se nos puso en contra; cuándo fue que el sol se marchó a Roma dejándonos en medio de un aeropuerto vacío. Pero desando cada paso con la ilusión de converger contigo en este camino lleno de piedras y, tal vez, contemplar juntos aquel horizonte que un día supimos cruzar de la mano. Porque no soy sin ti y sin mí no eres tú del todo.
En los últimos meses he podido comprobar que el poder del tiempo no es infalible; que tachar días en un calendario teñido de ausencia no desemboca en el olvido. Y la distancia no ha sido óbice para sentirte pegado a mi costado siempre que el tiempo se ha vuelto loco y nos hemos quedado a temperaturas bajo cero.
El miedo se ha vuelto un aliado constante. Y en el fondo tengo miedo de que al miedo se le vayan desgastando las esquinas. Caigo presa del pánico cuando concibo la posibilidad de que, algún día, el miedo se canse de tener miedo y se vaya, maleta en mano, con todos los retazos de un recuerdo que cada día se hace más borroso.
No te voy a mentir, a veces también pienso en salvarme. Entonces me dejo seducir por la idea de no volver a pensarte; de no vivir esclava de este hambre insaciable de tus labios. Pero los mecanismos del corazón se me resisten, y otra vez la desdicha de unas manos, que no saben dibujar sino la desesperación de amarte entre sollozos, me lleva hacia ti.
No sé cuándo fue que la luna se nos puso en contra; cuándo fue que el sol se marchó a Roma dejándonos en medio de un aeropuerto vacío. Pero desando cada paso con la ilusión de converger contigo en este camino lleno de piedras y, tal vez, contemplar juntos aquel horizonte que un día supimos cruzar de la mano. Porque no soy sin ti y sin mí no eres tú del todo.
Hasta entonces seguiré amándote entre líneas, sintiendo tu aroma en todas las canciones de amor del mundo.
Hasta entonces, mi amor, seguiré encontrándote en cada puesta de sol,
en cada gesto extraño,
en cada atisbo de luz.
