A escasas horas del cumpleaños de la persona más grande que
ha pisado la faz de la Tierra
–y no por su tamaño-. Tantas han sido sus enseñanzas que resulta casi una
ofensa el tratar de resumirlas a un minúsculo texto; imposible como intentar
discernir las más valiosas.
De él he aprendido que cada esfuerzo conlleva su éxito; que
en ocasiones el escenario temporal de uno y de otro no coincide exactamente con
lo que llamamos el presente y un futuro próximo. Él ha sido creyente e impulsor
de cada uno de mis sueños; ha procurado enseñarme las ventajas de la paciencia
y los frutos de la persistencia, y ha sido agua y alivio cada vez que el corazón
se ha quejado dolorido de tanto soltar agua salada.
Al mirarlo no puedo más que pensar en lo ignorante que es de
su grandeza. Él siempre ha sido y será el pilar –sabio y fuerte- de una familia
que ha ido constituyéndose con el paso de los años, y que al día de hoy sabe
quererse como nunca lo había hecho. No es consciente todavía de lo que vale; y aún creyéndose
el ser más impresionante, cosa que
sus valores y educación le impedirán siempre –y supongo que ese factor no hace
sino aumentar su brillantez-, estaría a años luz de comprender lo que significan para
mí cada una de sus palabras.
Gracias papá. Gracias por hacerme ver que el camino de la
vida se forja sobre cada uno nuestros sueños. Que los sueños nos definen, pero
más aún el trabajo que dedicamos a su logro. Gracias por obligarme a nunca
rendirme, y por saber escoger las palabras exactas en el momento indicado,
consiguiendo sanar hasta la más profunda de las heridas.
Porque nadie elige a sus padres, y tal vez esa haya sido la
mayor de mis suertes. Porque te quiero más que a nada en el mundo, y quizás mi
mayor sueño no sea sino el de devolverte, a través de mis contribuciones a la
vida, una milésima parte del amor que me entregas en cada uno de tus abrazos,
con cada una de tus miradas.
Porque, papá, yo de mayor quiero ser como tú.