jueves, 30 de mayo de 2013

Habla Ana:


Querido Pedro,


Ojalá existiese modo alguno para hacerte saber que cada una de tus palabras me ha llegado directamente al corazón, aún lleno por todo el amor que en él depositaste. No puedo estar ya a tu lado, es cierto, pero quiero que sepas que no he dejado de estar contigo ni un sólo segundo.

A veces me escondo en esa brisa que humildemente despeina tu pelo por las mañanas; otras, simplemente me siento en la butaca contigua al sofá para observarte mientras, con cara de disgusto, recorres a desgana las páginas de un periódico que nunca contará nuestra historia.

Yo estoy bien, Pedro. Este sitio es maravilloso. No creas nada de lo que puedan decirte por allí abajo, pues hasta el más sublime de los halagos se quedaría corto. Créeme. Aquí el dolor no existe, y la paz no es un hecho extraordinario, sino nuestro pan de cada día. No tenemos que dejarnos la piel para intentar superar un techo de cristal impuesto por otros, pues aquí somos todos iguales.

Además, el sentimiento dominante es un amor inigualable –casi como el nuestro- por el prójimo. No tiene sentido la envidia ni el odio, pues todos somos una unidad inseparable, indestructible. Respecto a las nubes, no he tenido la oportunidad de descansar en más plácido lecho. Por las noches sueñas escenas formidables, y los veteranos me han confesado que, una vez aquí, sólo sueña uno con aquello que más felicidad le produce. De más está contarte que en mis sueños siempre apareces tú.

He de decirte que me preocupa verte tan cabizbajo últimamente, Pedro. Desearía, aunque sólo fuese durante un instante, poder susurrarte al oído que en cada paso que das yo te acompaño. Que tu sombra ya no es sólo tuya, pues continuamente me fundo en ella para velar por ti.

 Voy dejándote señales por dondequiera que paso. No es casualidad que sientas mis dedos recorrer tu espalda dibujando formas imposibles, ni menos aún que a veces creas oírme cantar desde el jardín –mis disculpas, bien sabes que el canto nunca fue lo mío-. Siempre, en cada uno de esos tic tac que a tan elevado precio se venden ahora, estoy protegiéndote. Mis promesas nunca fueron en vano.

No tengas miedo. Y, sobre todo, no te rindas. Por favor, te lo ruego. Sé muy bien que no entiendes el porqué de lo que nos sucedió, ni cómo algo tan perfecto pudo desembocar en tan precipitado final. La razón, Pedro, es que aquel día no marcó el inicio de ningún desenlace.

A todos nos llega el momento, pero te prometo que una vez aquí todo cobra sentido. Aunque no puedas aceptarlo ahora; aunque el dolor te ciegue y te impida comprenderlo.

Volveremos a reunirnos, mi amor, cuando tengamos que hacerlo; ni una milésima de segundo antes, ni una después. Hasta entonces seguiré dejándote dosis de este amor tan grande cada día, cada hora, en cada gesto, pues menos no debo a aquel que un día me robó el corazón. Te amo, Pedro.



Pedro nunca tuvo la seguridad de que Ana podía escucharlo, o quizás sí. Pero ella jamás dejó de protegerlo, de cuidarlo y de amarlo, ni se le ocurrió dejar de arroparlo una sola noche. Y lo cierto es que, de algún modo, él siempre la sintió cerca.






Las personas que amamos nunca nos abandonan. Muchas veces nos resignamos a su partida, asumiendo que el reencuentro no llegará sino hasta después de partir nosotros mismos. Pero la verdad es que ellos están siempre velando por nosotros. Siguen cada uno de nuestros pasos, ya desde su condición de ángeles, y contestan, a su modo, a cada una de nuestras palabras. Por ello no es de sorprender que a veces sintamos su presencia, o que alguna brisa nos recuerde sospechosamente a su rostro, a su olor. Son ellos, haciéndonos ver que el amor no entiende de tiempos ni espacios; recordándonos que existen sentimientos inmortales, infinitos.






miércoles, 29 de mayo de 2013

Porque amores que matan nunca mueren


Pedro se despertó aquel día sumido en un sentimiento inquietante. El aire se le antojaba más asfixiante de lo normal, y a cada paso parecía acecharle una sombra espeluznante. Hacía bastante que no se tomaba el tiempo suficiente para inspeccionar su mundo interno; tanta lluvia y tanto caos le habían enseñado como única opción racional el suspender toda reflexión posible.

Cogió su taza de café, como cada mañana, aunque en esta ocasión su sabor a soledad era más intenso que de costumbre. Se sentó en el sofá anaranjado –cuyo desgaste recordaba absurdamente al demacre de su rostro- con la sospecha de que, sin querer, había despertado a las antiguas inquietudes que lo corroían por dentro. Quizás había llegado, finalmente, el momento que llevaba posponiendo desde aquel oscuro noviembre. Bolígrafo en mano, se dispuso a limpiar un poco su pecho, con el propósito de reducir la presión que le dificultaba la respiración hasta lo insoportable:


Querida Ana,

De más está decirte que tu ausencia se ha ocupado de opacar todos los colores que antes iluminaban esta historia que escribo día a día. No voy a mentirte, y pese a que mi firma reposa sobre aquel contrato que nunca llegamos a escribir, aún hoy, en días así, me pregunto el porqué y el hasta cuándo de este sabor amargo.

Vas a pensar que soy ridículo, y espero no te avergüences de mí, pero aún conservo aquella nota que con tanta ilusión te entregué el día aquel en que algo se despertó entre los dos. Descansa sobre tu mesa de noche y, aunque se trate de un ridículo papel arrugado, no es más que un burdo representante de tu presencia. Inútil, tal vez, pero necesario para hacer esto más llevadero.

Si te soy sincero, y si bien sabes soy muy fuerte –como tantas veces te encargaste de repetirme cuando las aguas se enturbiaban-, a veces no encuentro puntos de referencia estables. En determinadas situaciones prevalece el miedo; un sentimiento que no ha dejado de acompañarme desde que el dichoso destino te arrancó de mis manos de manera vil.

No sé cómo explicarte, Ana, que, desde donde quiera que estés, sigues desencadenando litigios infernales entre las dos mentes que rigen mis actos: la racional y la emocional. Últimamente, he de decirte, es clara vencedora la segunda de ellas, pero supongo que eso es tu culpa, pues de no ser por ti este cuerpo seguiría dominado por el más inconmovible de los hielos.

Dime Ana, ¿de haber sido conscientes de lo que nos esperaba, no hubiésemos extinguido hasta el último suspiro con tal de aprovechar todos y cada uno de los segundos disponibles? Esta es una de las dudas que más me atormenta; nos olvidamos del tiempo, pero él nunca dejó de tenernos en cuenta. Tan bien como yo sabes que lo que construimos iba más allá de las barreras temporales, y no peco al afirmar que, para entonces, no existía para nosotros más realidad que el irremediable sentimiento que nos acunaba.

A veces todavía puedo oírte cantar desde el jardín; otras se me antoja imposible el no sentir tus caricias sobre mi espalda. Supongo que mi vida se ha convertido en una espera constante. Tortuosa, intolerable. Cuento segundos al ritmo de la ensordecedora melodía del reloj, que al día de hoy preside todos y cada uno de mis movimientos.

Sé muy bien lo que te prometí, y tengo impreso en el corazón, como si fuera ayer, el “te amo” que difícilmente dejaste escapar entre tus últimos suspiros. Pero no puedo, Ana, la resignación se me presenta como imposible. Mi único deseo es reunirme contigo; dejar de envidiar a los ángeles, que ahora pueden contemplarte a su gusto –aunque sabe Dios que en más de una ocasión nos ganamos una entrada directa al Infierno-. Contigo aquí hasta el aire me resultaba prescindible. Tú eras mi aire.


Incapaz de seguir escribiendo, Pedro se quedó inmóvil en frente de aquella carta, arrugada ahora por las más sinceras de las lágrimas. Le invadió la firme convicción de que, durante el tiempo que aún le quedase, seguiría viviendo a medias, como malamente puede vivir uno cuando la mitad de sí se ha perdido para siempre.



La última vez que vi a Pedro yo contaba con apenas diez años, y él tuvo el valor de abrirme las puertas a tan entristecedor episodio. Tal vez fue porque es más simple hablar con un niño que destila pureza e ingenuidad, sin los compromisos ni las reacciones tan poco asertivas propias de los adultos. En cualquier caso, y si bien se me escaparon muchos detalles que el tiempo y la madurez me enseñarían en carne propia, recuerdo que fue entonces cuando se despertó en mí el temor a eso que los mayores llamaban “amor”. Pensé que era lo más duro que a uno podía ocurrirle, y no tardé en comunicar mis preocupaciones a mi anciano amigo.

No obstante, y antes de brindarme el último adiós, Pedro se ocupó de jurarme que amar era lo más maravilloso que iba a ocurrirme en la vida. Hoy lo sé.

Los hombres vivimos con la condena del miedo a sufrir, lo que en muchos casos nos paraliza y condiciona nuestros actos. Pero aquel día Pedro me contó un secreto tan valioso que aún a mis treinta años seguiría moviéndome tanto por dentro que apenas puedo hablar al acordarme: “El sufrimiento no es más que una prueba incuestionable de que la más absoluta de las felicidades estuvo algún día en tus manos”. Y supongo que, al pensarlo de este modo, el dolor no es sino una prueba de que la fortuna y la dicha algún día tocaron mi puerta y me brindaron su compañía. Y eso es algo por lo que uno puede estar orgulloso.


Nunca supe nada más de Pedro, ni tuve el placer de volver a encontrarme con él. Pero aquel hombre sigue presente en mí, como Ana continuó viva en él tras su partida; como las cosas memorables nunca mueren, pues su esencia permanece en nosotros para siempre.

sábado, 23 de marzo de 2013

Loca, sí. Por ti.





 “Una historia que no debe morir”; yo me lo pido para la nuestra. 




Voy a decirte lo que, quizás, llevas esperando oír desde que una inesperada fecha de partida desbarató nuestros planes –o los míos-. Te voy a echar de menos. De hecho, ya lo hago, y aún no me he ido.


Y sí, supongo que te quiero. No sé si me di cuenta de que tu magia acabó por afectar a una incrédula de las historias de amor, o si me percaté de que algo andaba mal cada vez que en las salas de cine me faltaba el tímido roce de tus manos sobre las mías.  


No puedo pedirte que este pasaje sin vuelta no sea la fecha de vencimiento de nuestro contrato, un “hasta pronto” sin pretensión alguna de convertirse en un “adiós”. Pero entiende que, al día de hoy, he perdido un poco la noción de lo correcto, y me decanto por lo que realmente ha tirado del carro desde un principio, mis sentimientos. Te los entrego todos, quédatelos; de todas formas en cada uno de ellos está escrito tu nombre, con una cuidada caligrafía que destila el más sincero desconcierto.


No quiero que me esperes, quiero que nunca me dejes ir del todo. No me importa que me recuerdes a menudo; anhelo que, cuando lo hagas, tu sabor de boca sea el más dulce. 


Y me falta tiempo. Ando escasa de segundos que robarte y, sobre todo, que dedicarme para pensar en ti. Es una lucha constante, ¿sabes? Una guerra con el más temible de los adversarios: conmigo  misma. Estoy peleando, con uñas y dientes, por sacar algo bueno de estos conflictos morales; por tener el valor de despojarme de este ridículo disfraz, y ser capaz de explicarte lo importante que eres para mí, a pesar de todo.


Lo más sabio sería olvidarte, dejar que “el más hábil curandero”, nuestro querido e inútil tiempo, sanase la herida. Pero de pequeños no nos enseñan que, en ocasiones, la disputa entre el corazón y la cabeza se prolonga por los tiempos de los tiempos, sin llegar nunca a un equilibrio –ni siquiera impuesto por nosotros mismos-.

No voy a buscar motivos para guardarte en mí, de sobra sabes que el motivo siempre has sido tú. El placer ha sido mío, esto que siento ya es tuyo.


Esto que te escribo no procura ser el preámbulo de una despedida, y muy probablemente ni siquiera te diga adiós antes de coger ese vuelo directo a tu olvido. Porque no puedo y, sobre todo, porque no quiero.


Porque tus manos fueron puertas; tus gestos, múltiples llaves que se fueron adueñando, poco a poco, de las mías. Porque no concibo la idea de una realidad sin ti.

jueves, 21 de febrero de 2013

¿Qué está pasando?



Nos aferramos a los vestigios de un pasado más feliz, más sencillo. Aquellos días en que nos despertábamos entre ráfagas de optimismo, y no con el tortuoso eco de unas balas que no siempre llegan a su destinatario inicial.

El mundo ya no es seguro. Y no me refiero sólo a la desigual distribución de los recursos a nivel mundial, ni a las injusticias que acontecen a diario, ni a la multitud de retrógrados que entorpecen la evolución de una sociedad cada vez más desdichada y temerosa de los cambios. No, no sólo hablo de eso; también del progresivo deterioro de la humanidad a nivel moral.

Cada día se me hace más cuesta arriba creer en la efectiva existencia de aquel “sentimiento de empatía común a todas las personas” promulgado por Hume. Los intereses personales se han hecho con el poder, el individualismo ha plantado su bandera en la cúspide de la jerarquía social. Y, a fin de cuentas, ¿qué más dará que la persona que a mi lado se sienta se esté muriendo de hambre, cuando yo puedo permitirme toda clase de lujos que exceden toda necesidad básica?

El dinero ya no sólo deviene el comprador más eficaz de una “felicidad” transitoria, el poder ya no sólo otorga innumerables privilegios a quienes se jactan de ser superiores al prójimo en diversas materias; el mundo ya no es sólo el sitio que habitamos, sino el escenario de una progresiva degradación del ser humano.

No sé lo que depara el futuro, ni cómo conseguiremos recuperarnos tras esta claudicación general ante las adversidades que se nos han ido presentando. Pero siento miedo, y espero, con toda sinceridad, que esto no sea sino una “pérdida por el camino”, y no nos espere una derrota inminente.

sábado, 16 de febrero de 2013

Feliz casi cumpleaños


A escasas horas del cumpleaños de la persona más grande que ha pisado la faz de la Tierra –y no por su tamaño-. Tantas han sido sus enseñanzas que resulta casi una ofensa el tratar de resumirlas a un minúsculo texto; imposible como intentar discernir las más valiosas.

De él he aprendido que cada esfuerzo conlleva su éxito; que en ocasiones el escenario temporal de uno y de otro no coincide exactamente con lo que llamamos el presente y un futuro próximo. Él ha sido creyente e impulsor de cada uno de mis sueños; ha procurado enseñarme las ventajas de la paciencia y los frutos de la persistencia, y ha sido agua y alivio cada vez que el corazón se ha quejado dolorido de tanto soltar agua salada.

Al mirarlo no puedo más que pensar en lo ignorante que es de su grandeza. Él siempre ha sido y será el pilar –sabio y fuerte- de una familia que ha ido constituyéndose con el paso de los años, y que al día de hoy sabe quererse como nunca lo había hecho. No es consciente todavía de lo que vale; y aún creyéndose el ser más impresionante, cosa          que sus valores y educación le impedirán siempre –y supongo que ese factor no hace sino aumentar su brillantez-, estaría a años luz de comprender lo que significan para mí cada una de sus palabras.

Gracias papá. Gracias por hacerme ver que el camino de la vida se forja sobre cada uno nuestros sueños. Que los sueños nos definen, pero más aún el trabajo que dedicamos a su logro. Gracias por obligarme a nunca rendirme, y por saber escoger las palabras exactas en el momento indicado, consiguiendo sanar hasta la más profunda de las heridas.

Porque nadie elige a sus padres, y tal vez esa haya sido la mayor de mis suertes. Porque te quiero más que a nada en el mundo, y quizás mi mayor sueño no sea sino el de devolverte, a través de mis contribuciones a la vida, una milésima parte del amor que me entregas en cada uno de tus abrazos, con cada una de tus miradas.


Porque, papá, yo de mayor quiero ser como tú.

miércoles, 6 de febrero de 2013

A los que mueven los hilos: gracias


Hoy vengo a hablarte de dos desconocidos que desembocaron en un mismo espacio; dos extraños que fueron a parar a la misma estación de tren, en pleno invierno y sin conocer muy bien el sentido de la primavera. Dos personas que se encontraron en el sitio indicado y en el momento menos oportuno.

Ser objeto de los caprichosos planes del destino no supo tan mal cuando apareciste, con tu encanto y tu disfraz de hielo, en medio de una realidad que se me antojaba monótona y sin gracia.

Entre encuentros y desencuentros llegó la magia. El calor lo pusiste tú, las ganas ya eran mías.

Las agujas del reloj se convirtieron entonces en el personaje antagónico de esta historia, que no nació con el propósito de convertirse en un libro de amor, de esos que tanta indiferencia nos generan a los que no somos susceptibles a los ataques de niños que llevan a cuestas arcos y flechas. Porque por no sentir, hay quien no siente ni la música.

No sé cómo explicarte que ya no me importan los desenlaces, que me olvido de todo final feliz; que me lleno con la oportunidad de revivir eternamente una o dos páginas de cierto capítulo que nunca llegamos a escribir.

Te odio por romperme los esquemas, por obligarme a perder la noción del tiempo, por robarme esa razón que siempre me ha definido. Porque mis empeños en conocer los entresijos de tus pupilas derivaron en una confusión que sólo encontró refugio en tus palabras.

Defender el acto de pensar se tornó peligroso cuando te convertiste en causa y efecto de este caos interno. No querer que me quieras no es más que una táctica de defensa; si estas manos hoy rezuman alegría no es por pura coincidencia.

Supongo que a estas alturas pocas excusas me quedan de reserva. He perdido los motivos para no quererte, me he ido despojando poco a poco de los peros. Me sobran, sin embargo, los porqués. No es mi culpa, simplemente se me ha roto la tecla del punto y final.

Piel que destila por cada uno de sus poros una nueva fragancia, un sentimiento desconocido que has sabido moldear a la perfección. Porque, por primera vez, borro de mi nombre la condición de cobarde, y me atrevo a embarcarme en el comprometido juego de la sinceridad.

Si de confesar se trata, mi error no fue sino el de perder el Norte entre tus labios. Porque fingir ya resulta tedioso, y en cada intento de huida las piernas se me paralizan. Mis planes ya sólo ven una posible salida corriendo detrás de tus comas. Porque puede que en este punto ya no me moleste sobremanera el hecho de que pierda el culo por ti.

Creo que nunca te lo había dicho, o tal vez sí. Quizás fue por las condiciones impuestas.

domingo, 3 de febrero de 2013

Por cómo lo hicimos



El día en que perdí de vista los fines coincidió con el momento en que me dejé llevar por los medios.
El día en que comencé a preguntarme por las leyes físicas de los sólidos y su paso al estado líquido coincidió con el primer 'creo que te quiero' que brotó a trompicones de tus labios confusos.
El día en que aprendí que hay cosas que al buscarlas huyen despavoridas, tú ya estabas a años luz de distancia, y mis ganas ya no eran tuyas.
El día en que, por primera vez, creí en la posibilidad de lo imposible, fue porque ya se había cumplido, y el mérito se me escurrió por entre los dedos.
El día aquel en que, sin querer y sin preámbulos, sentí el roce de tus manos sobre las mías, coincidió con el instante en que ese algo pequeñito se hizo enorme. Para entonces todo lo demás ya daba igual. Te tenía.

Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he ...