Hoy vengo a hablarte de dos
desconocidos que desembocaron en un mismo espacio; dos extraños que fueron a
parar a la misma estación de tren, en pleno invierno y sin conocer muy bien el sentido de la primavera. Dos personas que se
encontraron en el sitio indicado y en el momento menos oportuno.
Ser objeto de los caprichosos planes
del destino no supo tan mal cuando apareciste, con tu encanto y tu disfraz de
hielo, en medio de una realidad que se me antojaba monótona y sin gracia.
Entre encuentros y desencuentros
llegó la magia. El calor lo pusiste tú, las ganas ya eran mías.
Las agujas del reloj se convirtieron entonces
en el personaje antagónico de esta historia, que no nació con el propósito de
convertirse en un libro de amor, de esos que tanta indiferencia nos generan a los que no somos susceptibles a los ataques de niños que llevan a cuestas arcos y flechas. Porque por no sentir, hay quien no siente ni la música.
No sé cómo explicarte que ya no me importan
los desenlaces, que me olvido de todo final feliz; que me lleno con la
oportunidad de revivir eternamente una o dos páginas de cierto capítulo que
nunca llegamos a escribir.
Te odio por romperme los esquemas,
por obligarme a perder la noción del tiempo, por robarme esa razón que siempre me
ha definido. Porque mis empeños en conocer los entresijos de tus pupilas derivaron
en una confusión que sólo encontró refugio en tus palabras.
Defender el acto de pensar se tornó
peligroso cuando te convertiste en causa y efecto de este caos interno. No
querer que me quieras no es más que una táctica de defensa; si estas manos hoy
rezuman alegría no es por pura coincidencia.
Supongo que a estas alturas pocas
excusas me quedan de reserva. He perdido los motivos para no quererte, me he
ido despojando poco a poco de los peros. Me sobran, sin embargo, los porqués.
No es mi culpa, simplemente se me ha roto la tecla del punto y final.
Piel que destila por cada uno de sus
poros una nueva fragancia, un sentimiento desconocido que has sabido moldear a
la perfección. Porque, por primera vez, borro de mi nombre la condición de
cobarde, y me atrevo a embarcarme en el comprometido juego de la sinceridad.
Si de confesar se trata, mi error no
fue sino el de perder el Norte entre tus labios. Porque fingir ya resulta tedioso,
y en cada intento de huida las piernas se me paralizan. Mis planes ya sólo ven
una posible salida corriendo detrás de tus comas. Porque puede que en este
punto ya no me moleste sobremanera el hecho de que pierda el culo por ti.
Creo que nunca te lo había dicho, o
tal vez sí. Quizás fue por las condiciones impuestas.