Cierra los ojos, respira, cuenta hasta 10, o hasta 157. Todo lo que necesites, no dejes que te corten más el aire.
Muchas veces empiezo a contar y me quedo en el 1, o en el 5, pero siempre hay algo que me empuja a seguir bailando entre los números.
Días como hoy me apalanco, echo la vista atrás y no quiero volver al presente. Después de soñar tanto tiempo con retroceder al pasado, hay veces en que no me encuentro en este tiempo, este espacio.
Intentar salir de esto en ocasiones se me queda grande, se torna imposible. Hoy lo veo todo negro, oscuro, borroso. Me pregunto si todo ha merecido la pena, ¿pero qué todo?
Agua salada por todas partes, y una ventana abierta que no deja entrar el aire. Espacio condensado, interior comprimido, exterior disfrazado.
Sigo buscando la fórmula, mis teorías caen en efecto dominó. No te entiendo, no me entiendo, no los entiendo.
Cierro los ojos y empiezo a contar, escenas vuelan a su gusto en un escenario demacrado, sucio, muchas veces abandonado y rehuido por el miedo. Pero mi mente sigue ahí, repasando a conciencia todos los momentos, la película que he ido creando inconscientemente.
Necesito bajarme del tren, pero no encuentro la forma y en cada parada mil excusas me retienen con ilusiones, mentiras, humo de colores. Y la marcha no cesa, la velocidad aumenta y disminuye sin referente rítmico aparente.
Estoy en el límite, en el limbo. No tengo palabras para explicarte cómo es este sitio, ni creo que pueda definirse de forma alguna. Solo lo entiendes una vez que pasas por él, cuando dejas que deje sus marcas en ti.
Marcas que no se borrarán nunca.
Marcas que no quiero que se borren.
En este mundo se pierde la noción del tiempo, de la realidad y lo ficticio.
Los pasajeros toman asiento y cierran los ojos, quizás para comenzar su propia secuencia de números. Todos duermen, o sueñan, o viven. Lo único realmente cierto es que todos sabemos que estamos aquí, aunque nadie se atreve a decirlo. El tren para una vez más y abre sus puertas, invitando a la multitud a abandonar su territorio. Nadie se mueve. Caras de desolación, de angustia, indiferencia por parte de los recién llegados y resignación en el rostro de los veteranos. Tras unos segundos las puertas se cierran, se oyen algunos llantos, otros pocos resoplos, y a continuación silencio absoluto.
Se apagan las luces, acaba la función.
Punto muerto.