La primera vez que te vi, nervios propios de esa niñez que todavía me caracteriza. Nuestra historia no tuvo uno de esos principios mágicos, de amor a primera vista, y supongo que por eso fue tan especial. Lo aprendimos todo desde el principio, no saltamos ni una sola fase, caminamos juntos de principio a fin.
Tócame, ¿lo notas? Yo te lo noto, no somos lo mismo, ni los mismos. Ha cambiado, el mundo es diferente, los colores no se ven igual. Pero nos ha servido, ¿verdad? Dime que nos ha servido. Grítame que todo esto ha tenido que pasar por algo, y hazlo de tal manera que no dude ni un segundo. Ni un segundo más, ni uno menos. Era el momento, es el momento. Es el instante en el que deberíamos decirlo todo, pero como siempre confío en que nuestra amiga la cobardía nos ampare para que no suceda.
Es difícil hacer como si no pasara nada, en ocasiones se torna imposible. ¿En qué nos hemos convertido? ¿Quiénes somos ahora? Yo todavía no lo tengo claro, no sabes la falta que me hace falta hablar a veces contigo, de banalidades, del tiempo en Pekín, de la infidelidad de la vecina del 2º. Escuchar esa voz que hace tiempo me cortaba la respiración, que me regales una de esas sonrisas que todavía me iluminan la cara.
Cosas que jamás sabrás, pero una excusa que me recuerda que estuviste aquí, que dejaste marcas imborrables, que me enseñaste cosas que intentaré siempre poner en práctica. Que la vida son dos días, y me alegra saber que uno de ellos lo gastamos juntos, siendo uno.