sábado, 8 de marzo de 2014

Llevo tanto sin escribirte que me siento en una primera cita. Te advierto que me he despertado bruscamente y con la sinceridad por bandera, así que me voy a abstener de decorar en exceso algo que, por evitado, resulta tedioso. De todas formas tengo la sensación de haber recibido exactamente las mismas palabras por tu parte en alguna carta que decidí esconder por ese miedo irremediable a la pérdida que me acompaña hace ya algunos abriles. 

Hoy vengo a pedirte perdón. Me disculpo por haber dejado que el viento se llevase hasta la última de las cenizas consigo. En el fondo me pilló por sorpresa; un día me acerqué a la hoguera y me encontré con que no quedaba leña para alimentar el fuego. Supongo que había obviado un par de lluvias de por medio. Y ese "te echo de menos", que había degenerado en un "necesito verte" desesperado, se fue un día a comprar cigarrillos y nunca regresó. Tampoco se puede decir que sufriera mucho su partida.

Todavía no han pasado ni 500 noches y parece que el olvido ya ha venido a buscarte. Te has ido de viaje tan lejos que no creo que nos volvamos a ver. Y eso que algún día te sentí tan dentro que parecía imposible echarte. La realidad se interpuso en esos planes tan detallados y ambiciosos que solían descansar sobre el escritorio. Pero eso es parte de la vida, ¿no? Aprender a despedirse; saber decir adiós aún cuando duela tanto que tenga que cargar uno con esa mochila por un tiempo.

No sé muy bien cómo me siento; si este adiós definitivo me despierta acaso algo de decepción. La gente tiene por norma quedarse con lo bueno de las historias; yo prefiero rescatar también cada una de esas promesas que acabaron ahogándose en el fondo de una taza de café. Borro los archivos de la carpeta "asuntos pendientes" pero no vacío la papelera, por si acaso, por si en el futuro me da por recordarte y sonreír ante la evidencia de lo que fue algo tan asombroso que se ofreció a hacer las veces de musa. 

Porque quizás no serás, pero fuiste; fuiste tan intensamente que en su momento el destino parecía no admitir la posibilidad de un "hasta nunca" que ganó la partida en el último momento. Y hoy parece que aquel "au revoir" se viste de "adieu" y te saluda desde la ventana. Todavía con cariño pero ya sin amor; sin verse ya subyugado por tus lunares y tus manos. Sin un "por siempre" grabado en la frente temeroso de las maniobras del reloj.

Gracias por haber llenado esos capítulos en blanco sin habértelo yo pedido; gracias por tus comas y tus puntos, por tus besos y tus astutos modos de hacerme ver que no siempre es imprescindible dormir para soñar.




viernes, 20 de diciembre de 2013

Me hablas de embarcarte en búsquedas con destinos inciertos; de bailar esa canción que tanto odias hasta que te duelan los pies. Me lo cuentas todo desde el principio y das giros innecesarios a una historia que gotea inverosimilitud. Tus palabras siguen un trayecto irregular, no llegan a tocarme. Y hoy me he levantado con el pie izquierdo, para variar, para echarle toda la culpa cuando la cosa se tuerza.

El tiempo pasa y todo lo corroe; que nos lo cuenten a nosotros. Y eso que al principio nos movíamos como partes incompletas que, desesperadas, buscaban las sobras de algún amor de viernes por la noche. Nos sentábamos a tomar un café en cualquier parte del mundo y, de alguna forma, en cada sorbo ya nos transmitíamos la dosis diaria de amor. Y el azúcar sobraba si estabas a mi lado. 

Me desprendo de la justificación constante, de las mentiras bondadosas, de la excusa a cualquier precio. Nos acepto con errores y aciertos, en tiempo y espacio, en directo. Y te veo sonreír y ya no sé si por dentro hace frío o calor, si esas comisuras albergan acaso algo de esperanza. Soy incapaz de atravesar la barrera que cubre ahora tu mirada, y me pregunto si no habré participado yo misma en su construcción.

Pasan las estaciones y el invierno nos encuentra otra vez explorando en los resquicios de un "me he cansado de quererte" matutino y en ayunas. Y el café se ha quedado frío, y ya no nos quema la punta de la lengua al pasar.

lunes, 11 de noviembre de 2013





Vivir días más largos, soñar con noches más profundas. Perderme, buscarme una y otra vez. Encontrarte. Mantener una actitud encomiable cuando de quererte se trate; no rendirme ante las adversidades del tiempo. Olvidarme de olvidarte, tenerte en mente siempre; por voluntad propia, en ausencia de coacciones. Amarte.


Vamos a tientas por el camino del olvido. Vamos despacito, con precaución. Vamos juntos. Me tocas y me conviertes en verso y, si te fijas bien, a la vida se le está marcando un hoyuelo de tanto sonreírnos. Todos tenemos miedo alguna vez, eso ya no importa. Dame tu mano, perdámonos juntos. Sigamos a la luna en su itinerario; ella también nos ha estado siguiendo la pista.


El sol nos acaricia el rostro con delicadeza y nos desbordan las emociones. Nos hace cosquillas el viento; las nubes nos regalan lágrimas de felicidad. Al entrar en contacto nuestros cuerpos todo empieza a girar a nuestro alrededor. Bichitos danzan en cada uno de nosotros; nuestros ojos firman un acuerdo tácito. 


Te invito a morirnos de ganas; a sentir las ansias de vivir subiéndonos desde los tobillos 
Te invito a sonreír sin límites
Te invito a encontrar la belleza en cada suspiro,
en cada nacimiento,
en cada rosa que florece,
en cada cambio de estación


Mudemos de hoja; empecemos de nuevo. Dejemos atrás todo lo pasado que aún nos pesa. Seamos felices. 


Prefiero arder con cada sentimiento antes que verme inmersa en la vacuidad de una vida que no entiende de pasiones. Y prefiero arder contigo.
Más que verte te contemplo. Me cuelo entre tus párpados y puedo sentir esa mirada tan serena y emotiva que te viste a diario. No puedo negarme a tus ojos mientras me cuentan historias que tu boca jamás tendrá el valor de materializar, y el corazón se me rompe al tiempo que tu respiración me roza el cuello con dulzura.


Duermes, y el manto de inocencia que te cubre me incita a protegerte del mundo. Cuánto daño nos habremos hecho, y cuánto amor habremos dejado escapar por las rendijas de este vacío inexpugnable. Y aún así, en este instante impregnado de magia, nos convertimos una vez más en todo aquello que siempre deseamos.


Sé que el final es cierto. Lo noto en las arrugas de tus palmas, ahora inmóviles sobre mi cintura. Me pierdo en tu abrazo y grabo en la memoria el numeró exacto de lunares que visten tu perfil izquierdo. Acaricio cada uno de tus párpados y el calor de tu cuerpo me quema desde dentro. 


Ante la inminencia del descenlace, te susurro al oído lo agradecida que estoy de haberte conocido. Ojalá nunca sepas hasta qué punto llegué a necesitarte. Ojalá nadie te haga jamás tan suyo como yo te hice mío.


miércoles, 16 de octubre de 2013


Si nunca te dije "Hasta mañana" fue por miedo a que ese "mañana" nunca llegase. Porque yo ya había tenido un par de desencuentros con la vida y confiaba muy poco en la lealtad del destino. Tú me mirabas sorprendido por mi repentino mutismo, y yo no paraba de buscarle la rima asonante al perfil de tu mano sobre la mía.

Recuerdo que hasta la más sutil de las despedidas me quemaba por dentro; sentía que siempre llevaban implícito el riesgo de un adiós definitivo.

Espero que entiendas ahora el motivo por el cual nunca tuve el coraje de dedicarte tales palabras; aquello implicaba dejarnos en manos de una suerte incierta, y arriesgar contigo nunca fue una opción. Lo único que deseaba en aquel momento era que tú fueses todos mis "mañana".




domingo, 13 de octubre de 2013





Tengo un imán para los egos con brazos y piernas. Me persiguen independientemente de la situación geográfica. Y no soy muy fan de las casualidades, pero contigo no me queda más remedio que hacer una excepción. 

Estamos solos, pero juntos. Te veo de lejos y siento que ya te conozco, de otra vida quizás, más acertada y comedida. Y parece que todo va a estar más o menos bien.

Tus ojos y tu boca disputan por contar cada cual su propia historia, y el roce de tu voz aterciopelada me transporta a otra atmósfera, menos turbia y asfixiante. Me encanta escucharte mientras me lees tus poemas con inseguridad disimulada. Y odio, sobre todas las cosas, verte tan esclavo de las agujas que bailan sobre tu muñeca cansada.

No paras de repetirme que soy mala, orgullosa, narcisista... y adoro el hecho de que seamos una suerte de espejo en tantos aspectos. Puede que tengas razón, que el espacio haya sido el idóneo y no así el tiempo. Pero, pese a las circunstancias, a los baches, las malas y las buenas suertes, a tu lado me siento bien. No sé si me entiendes, a lo mejor necesitas que te adjunte literatura explicativa. En última instancia, me das un beso y después te explico.

No me importa que todo sea ficción, que a veces seamos mentira. Y creas y deshaces, y ninguno de los dos cede, y aquí nadie cree en nada. Pero, tal vez, la suerte nos esté sonriendo, o nos esté guiñando un ojo, o nos esté regalando uno de esos suspiros que suelta uno de puro alivio después de tanta espera. A lo mejor estaba escrito. Lo digo por ti.




lunes, 30 de septiembre de 2013

Forsan et haec olim meminisse juvabit





Las nubes limpian con su llanto las huellas de una calle que ha quedado desierta. Cada una de aquellas lágrimas se lleva consigo los últimos rastros de una historia, quizás aún inacabada, tal vez aún ni siquiera iniciada. Desemboco en una especie de catarsis y siento el efecto purificador del agua, que también arrastra ahora los últimos signos de malestar en mi alma.


Dejo que mi rostro se empape en aquel milagro, y me pregunto cuántas personas estarán experimentando una sensación similar en ese preciso instante. Y es casi perfecto; la inexorable melodía del reloj ha perdido todo su efecto y el mundo se ha congelado, al tiempo que mis manos ahuecadas recogen gustosas un trocito del cielo. Y cuántas vidas y cuántos relatos, y cuántas despedidas y cuántos primeros encuentros esconderán en sus profundidades. Siento entonces que se me brinda la oportunidad de formar parte de todas aquellas casualidades y causalidades, y sospecho que el universo en su conjunto claudica ante la belleza de aquel diluvio.


Una sonrisa al otro lado de la calle me confirma que alguien más participa de esta felicidad tan caprichosa. Mi atención se concentra ahora en su semblante, cuidando no tropezar y caer de lleno en la mirada. Hay que andarse con precaución con los ojos; suelen estos expresar mucho más de lo emocionalmente sostenible. Puede uno incluso llegar a perderse en ellos y no encontrar jamás un punto de retorno.


Absorta en el gesto de aquel extraño, puedo sentir una vez más el roce de tus yemas acariciándome la mejilla izquierda. Y últimamente no paro de pensar en la locura de haberte conocido y la incoherencia de haberte dejado marchar entre las noticias de un domingo manchado de café. 


En los últimos meses he podido comprobar que el poder del tiempo no es infalible; que tachar días en un calendario teñido de ausencia no desemboca en el olvido. Y la distancia no ha sido óbice para sentirte pegado a mi costado siempre que el tiempo se ha vuelto loco y nos hemos quedado a temperaturas bajo cero.


El miedo se ha vuelto un aliado constante. Y en el fondo tengo miedo de que al miedo se le vayan desgastando las esquinas. Caigo presa del pánico cuando concibo la posibilidad de que, algún día, el miedo se canse de tener miedo y se vaya, maleta en mano, con todos los retazos de un recuerdo que cada día se hace más borroso.


No te voy a mentir, a veces también pienso en salvarme. Entonces me dejo seducir por la idea de no volver a pensarte; de no vivir esclava de este hambre insaciable de tus labios. Pero los mecanismos del corazón se me resisten, y otra vez la desdicha de unas manos, que no saben dibujar sino la desesperación de amarte entre sollozos, me lleva hacia ti.


No sé cuándo fue que la luna se nos puso en contra; cuándo fue que el sol se marchó a Roma dejándonos en medio de un aeropuerto vacío. Pero desando cada paso con la ilusión de converger contigo en este camino lleno de piedras y, tal vez, contemplar juntos aquel horizonte que un día supimos cruzar de la mano. Porque no soy sin ti y sin mí no eres tú del todo.



Hasta entonces seguiré amándote entre líneas, sintiendo tu aroma en todas las canciones de amor del mundo.

Hasta entonces, mi amor, seguiré encontrándote en cada puesta de sol,
en cada gesto extraño,
en cada atisbo de luz.










Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he ...