martes, 6 de agosto de 2013

De amor entre egos y otras utopías

Martes, 18.57 horas. A unos miles de kilómetros de distancia de tu boca. Y en esta soledad un tanto voluntaria vuelvo a caer rendida ante tus pies, ahora tan lejanos. Empiezo a preguntarme si el problema no lo tendré yo por buscarme amores de usar y tirar. Si no estaré loca por haber aceptado tus noches de caricias prefabricadas y un “te quiero” tan vacío como ese pecho que me pierde. Y ahora la que se siente usada y en el fondo de una papelera mugrosa soy yo.


-Te quiero, Ana.
-Sí, claro...



Sed de ti. Supongo que desde siempre. Pero más aún desde que te abrí el corazón y las piernas en medio de un calor tormentoso. Y yo callándome el miedo, y tú siempre cagándola. Imbécil, como todos. Y aún así, por alguna razón a la que renuncié desde el primer beso, nunca me faltó la fuerza para nadar entre la mierda y volver a creer en ti. Ingenua como ninguna -o, en tu caso, como todas-, tomé tus palabras por verdaderas cuando ya no me quedaban más salidas. Acepté la derrota en el momento en que, a pesar de no querer creerte -ni mucho menos quererte-, me descubrí buscándote en todas partes. Y te juro que, dondequiera que mirase, ahí estabas, invitándome a perderme un ratito más en tus ojos, entre tus manos... ¿y yo cómo iba a decirte que no?


-Te quiero, Ana.
-No te creo, Hugo.



Dicen que los poetas son los peores. Pobre de mí, corriendo detrás del mejor. Contigo la rosa no era rosa sino “dulce flor de olor angelical y vivo color". Y el problema no era que me adornases la realidad -siempre fui muy fan del poder de las palabras-, sino que a la margarita, con su putrefacto olor a culo, la siguieses llamando “dulce flor de olor angelical". Lo triste es que yo accedía a ello y, si me lo pedías, acercaba la nariz a un campo de estas flores, aproximadamente de unas 5 hectáreas, y te ponía la mejor de las caras como si estuviese olfateando el perfume más delicioso. Y tú...tú simplemente me ponías.


-Te quiero, Ana.
-Y yo no sé qué me pasa, Hugo, pero me estás volviendo loca.



Me aferré a un clavo ardiendo y, como era de esperar, acabé chamuscada. «Donde hubo fuego, cenizas quedan», se ríe de mí el cenicero mientras le dejo el placer de dar las últimas caladas. Y hablando de vicios, ¿qué estará haciendo el mío? Me muero de intriga. Aunque sobre todo me muero de ganas. Sí, tengo ganas de ti. Muchas.

Nunca rechazamos uno sólo de los juegos propuestos y, ahora que la mano no me llega para mover la ficha -ni para tocarte el culo con disimulo-, voy a ceder la partida a Hugo y Ana, que no Ana y Hugo -pues el que pierde siempre se queda con el sitio de atrás-. Para recordar, de a poquito, lo mucho que te odio.


-Te quiero, Ana.
-Yo también te quiero, Hugo.

miércoles, 31 de julio de 2013

Hasta siempre

Bajan las temperaturas y te da por buscar en los bolsillos de tus pantalones arrugados y descoloridos. No encuentras más que un par de sueños rotos y algún que otro día perdido, y supongo que no es hasta entonces cuando te das cuenta de que lo has dado todo. Has entregado hasta lo que no tenías por salvaguardar algo que parecía no tener fecha de vencimiento, y lo único que te queda es una hipoteca a la que ahora no puedes hacer frente y unos cheques de nostalgia pendientes de cobro a largo plazo.

No sé si fallaron las matemáticas o fue que las palabras se desnudaron antes de las doce y se rompió la magia; si finalmente nos llegó la multa por exceso de velocidad o sencillamente se nos olvidó apagar la luz y la bombilla acabó por quemarse. Pero hoy, nadando entre los restos de lo que fuimos y los quejidos de las páginas en blanco que nunca llegamos a rellenar, sólo soy capaz de avistar habitaciones clausuradas y un mechero recién comprado que se ha quedado sin gas. Y yo con el cigarrillo en la boca.

Te busqué por todas partes, incluso fuera de mí. Y empeñé un par de abriles a cambio de tu boca cuando, instalado agosto, los árboles de esta historia amenazaban con mudar de hoja. Pero en medio del calor te regalé el candado y olvidé guardar la llave de repuesto. Me quedé sin nada, con la fe del que espera su tren a sabiendas de que ya se ha marchado. Y la estación vacía, y el corazón en llamas.

Hoy vuelvo a verte en recuerdos que, cansados de olvidar, entran sin llamar al vacío de una mente que se ha dejado a merced del tiempo, curandero universal por excelencia. Ya sin un nosotros, mas aún irremisiblemente tuya, te confieso que la herida sigue abierta. Y poco puedo hacer desde que te fuiste llevándote los puntos y dejándome las íes.

Inmersa en el tedio de ver pasar los días, con la esperanza de algún cambio que salve la poca cordura que quedó tras el incendio, me pregunto cuál será el siguiente paso. Si después de apostarlo todo y perder puede uno volver a creer en la suerte.Y vacío, y decepción, y miedo. Y mi orgullo de vacaciones en tu ombligo.

Quizás nunca fue lícito hacer de una suma una unidad. Tal vez el error fue quererte a solas.



lunes, 29 de julio de 2013

El problema no está en saber

El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. La cuesta se empina cuando el cúmulo de preguntas supera con creces al de respuestas. Y entonces todo el mundo se dirige a ti como si tuviera un máster en la sublime “Escuela de la vida" y todas tus dudas resultaran absurdamente ridículas y propias de un infante que poco puede saber de nada.


De forma rutinaria, en algún momento del día, te sientas con el estómago lleno y el pecho aparentemente vacío a reflexionar sobre lo que te atormenta. Y cuando el qué cede su trono al cómo y el cuándo la escena se torna todavía un poco más oscura si es posible. Pero no desesperes, pues en la mayoría de las ocasiones aparecerá el listillo de turno para aconsejarte qué debes hacer como si él mismo tuviese el control absoluto de su propia vida. Y tú te cagas en, por y para él y su verborrea.


El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. Lo duro es despertarte por las mañanas preguntándote qué es lo que va mal y cuál será la causa del vacío que sientes dentro. Incluso llegas a envidiar la fortuna del ignorante que muestra un interés nulo por todo lo que le rodea, la comodidad del que nada quiere aprender. Pero esto último, gracias a todos los dioses que velan por nosotros, suele pasarse tras el primer café del día.


A veces es necesario perderse para encontrarse. Y está bien sufrir y darte golpes contra la pared por no tener ni puta idea del camino que quieres que tome tu vida. Es sano. Como saludable cagarse en todo y en todos de vez en cuando. Y sentirte una minúscula hormiguita desorientada en un mundo de elefantes egoístas que no hacen sino luchar por encontrar su oasis.


Lo imperdonable es abandonarse uno mismo y dejarse a merced de las ideas ajenas. Perder la libertad en nombre de un conformismo masivo, la nueva moda en nuestros tiempos. Lo intolerable es no confiar en el criterio propio y comprar opiniones vacías y disfrazadas de los oradores actuales, con el fin único de ahorrarse las molestias de tener que pensar. Y usar la cabecita es lo que nos hace precisamente seres medianamente racionales.


El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. Suerte que en la esquina de la calle Incertidumbre siempre nos esté esperando la dosis justa de certeza para seguir caminando.

jueves, 6 de junio de 2013

Las manos donde pueda verlas


Con el objetivo de acortar distancias ganaste centímetros por todas partes, y torpe a causa del contacto se me olvidó consultar el manual de guerra. Una utópica ataraxia se vio destronada entonces por un sentimiento que no sé definir, mas cuya aparición dio un vuelco a todo aquello que hubiera podido estar en su sitio.

En medio de la preocupación por romper todas las reglas impuestas no fui capaz de llevar a cabo una sola de las estratagemas tan cuidadosamente calibradas con antelación. Un áspero latido marcó entonces el inicio de un juego desesperado, abyecto por adictivo, elíxir donde los haya.

No sé que fuiste antes, si beso o hambre, aunque muy probablemente te vistieras de ambas al mismo tiempo. Aire y espacio condensados corroboraron una tensión no resuelta que dificultosamente se abría paso entre suspiros aquejados. Y otra vez beso, y otra vez hambre, íntimamente ligados por una correlación tan positiva y exacta que el margen de error no pudo sino resignarse a su no cabida. Uno más uno hicieron uno, y más de un genio nos aborreció desde su tumba.

Un acuerdo implícito determinó que un falso no cediera su podio a un sí furtivo. La tímida lluvia se encargó gustosa de borrar las últimas huellas  de una cordura que se negaba a seguir trabajando con tanto calor. Y entonces deseo y odio y amor y ansia, no necesariamente en ese orden. Y a la mierda los peros.

No fue hasta un par de grados centígrados menos más tarde que advertí algunas marcas, quizás futuras cicatrices. Creí incluso avistar algún que otro avance precipitado en la conquista de un corazón inexpugnable, aunque supongo que esta última sospecha se irá disipando con el inevitable y tan repudiado correr de los años, sin obviar el ascenso del orgullo y la eterna fachada de hielo.


Pero te miré de frente y te hice mío. Y entre caricias casi punibles se me olvidó empuñar el arma. Perdí, me dejé vencer y claudiqué a sabiendas de lo que eso supondría en el diario íntimo de mi ego. Y la derrota, después de haberlo tenido todo, supo tanto a gloria que aún lo saboreo. 





jueves, 30 de mayo de 2013

Habla Ana:


Querido Pedro,


Ojalá existiese modo alguno para hacerte saber que cada una de tus palabras me ha llegado directamente al corazón, aún lleno por todo el amor que en él depositaste. No puedo estar ya a tu lado, es cierto, pero quiero que sepas que no he dejado de estar contigo ni un sólo segundo.

A veces me escondo en esa brisa que humildemente despeina tu pelo por las mañanas; otras, simplemente me siento en la butaca contigua al sofá para observarte mientras, con cara de disgusto, recorres a desgana las páginas de un periódico que nunca contará nuestra historia.

Yo estoy bien, Pedro. Este sitio es maravilloso. No creas nada de lo que puedan decirte por allí abajo, pues hasta el más sublime de los halagos se quedaría corto. Créeme. Aquí el dolor no existe, y la paz no es un hecho extraordinario, sino nuestro pan de cada día. No tenemos que dejarnos la piel para intentar superar un techo de cristal impuesto por otros, pues aquí somos todos iguales.

Además, el sentimiento dominante es un amor inigualable –casi como el nuestro- por el prójimo. No tiene sentido la envidia ni el odio, pues todos somos una unidad inseparable, indestructible. Respecto a las nubes, no he tenido la oportunidad de descansar en más plácido lecho. Por las noches sueñas escenas formidables, y los veteranos me han confesado que, una vez aquí, sólo sueña uno con aquello que más felicidad le produce. De más está contarte que en mis sueños siempre apareces tú.

He de decirte que me preocupa verte tan cabizbajo últimamente, Pedro. Desearía, aunque sólo fuese durante un instante, poder susurrarte al oído que en cada paso que das yo te acompaño. Que tu sombra ya no es sólo tuya, pues continuamente me fundo en ella para velar por ti.

 Voy dejándote señales por dondequiera que paso. No es casualidad que sientas mis dedos recorrer tu espalda dibujando formas imposibles, ni menos aún que a veces creas oírme cantar desde el jardín –mis disculpas, bien sabes que el canto nunca fue lo mío-. Siempre, en cada uno de esos tic tac que a tan elevado precio se venden ahora, estoy protegiéndote. Mis promesas nunca fueron en vano.

No tengas miedo. Y, sobre todo, no te rindas. Por favor, te lo ruego. Sé muy bien que no entiendes el porqué de lo que nos sucedió, ni cómo algo tan perfecto pudo desembocar en tan precipitado final. La razón, Pedro, es que aquel día no marcó el inicio de ningún desenlace.

A todos nos llega el momento, pero te prometo que una vez aquí todo cobra sentido. Aunque no puedas aceptarlo ahora; aunque el dolor te ciegue y te impida comprenderlo.

Volveremos a reunirnos, mi amor, cuando tengamos que hacerlo; ni una milésima de segundo antes, ni una después. Hasta entonces seguiré dejándote dosis de este amor tan grande cada día, cada hora, en cada gesto, pues menos no debo a aquel que un día me robó el corazón. Te amo, Pedro.



Pedro nunca tuvo la seguridad de que Ana podía escucharlo, o quizás sí. Pero ella jamás dejó de protegerlo, de cuidarlo y de amarlo, ni se le ocurrió dejar de arroparlo una sola noche. Y lo cierto es que, de algún modo, él siempre la sintió cerca.






Las personas que amamos nunca nos abandonan. Muchas veces nos resignamos a su partida, asumiendo que el reencuentro no llegará sino hasta después de partir nosotros mismos. Pero la verdad es que ellos están siempre velando por nosotros. Siguen cada uno de nuestros pasos, ya desde su condición de ángeles, y contestan, a su modo, a cada una de nuestras palabras. Por ello no es de sorprender que a veces sintamos su presencia, o que alguna brisa nos recuerde sospechosamente a su rostro, a su olor. Son ellos, haciéndonos ver que el amor no entiende de tiempos ni espacios; recordándonos que existen sentimientos inmortales, infinitos.






miércoles, 29 de mayo de 2013

Porque amores que matan nunca mueren


Pedro se despertó aquel día sumido en un sentimiento inquietante. El aire se le antojaba más asfixiante de lo normal, y a cada paso parecía acecharle una sombra espeluznante. Hacía bastante que no se tomaba el tiempo suficiente para inspeccionar su mundo interno; tanta lluvia y tanto caos le habían enseñado como única opción racional el suspender toda reflexión posible.

Cogió su taza de café, como cada mañana, aunque en esta ocasión su sabor a soledad era más intenso que de costumbre. Se sentó en el sofá anaranjado –cuyo desgaste recordaba absurdamente al demacre de su rostro- con la sospecha de que, sin querer, había despertado a las antiguas inquietudes que lo corroían por dentro. Quizás había llegado, finalmente, el momento que llevaba posponiendo desde aquel oscuro noviembre. Bolígrafo en mano, se dispuso a limpiar un poco su pecho, con el propósito de reducir la presión que le dificultaba la respiración hasta lo insoportable:


Querida Ana,

De más está decirte que tu ausencia se ha ocupado de opacar todos los colores que antes iluminaban esta historia que escribo día a día. No voy a mentirte, y pese a que mi firma reposa sobre aquel contrato que nunca llegamos a escribir, aún hoy, en días así, me pregunto el porqué y el hasta cuándo de este sabor amargo.

Vas a pensar que soy ridículo, y espero no te avergüences de mí, pero aún conservo aquella nota que con tanta ilusión te entregué el día aquel en que algo se despertó entre los dos. Descansa sobre tu mesa de noche y, aunque se trate de un ridículo papel arrugado, no es más que un burdo representante de tu presencia. Inútil, tal vez, pero necesario para hacer esto más llevadero.

Si te soy sincero, y si bien sabes soy muy fuerte –como tantas veces te encargaste de repetirme cuando las aguas se enturbiaban-, a veces no encuentro puntos de referencia estables. En determinadas situaciones prevalece el miedo; un sentimiento que no ha dejado de acompañarme desde que el dichoso destino te arrancó de mis manos de manera vil.

No sé cómo explicarte, Ana, que, desde donde quiera que estés, sigues desencadenando litigios infernales entre las dos mentes que rigen mis actos: la racional y la emocional. Últimamente, he de decirte, es clara vencedora la segunda de ellas, pero supongo que eso es tu culpa, pues de no ser por ti este cuerpo seguiría dominado por el más inconmovible de los hielos.

Dime Ana, ¿de haber sido conscientes de lo que nos esperaba, no hubiésemos extinguido hasta el último suspiro con tal de aprovechar todos y cada uno de los segundos disponibles? Esta es una de las dudas que más me atormenta; nos olvidamos del tiempo, pero él nunca dejó de tenernos en cuenta. Tan bien como yo sabes que lo que construimos iba más allá de las barreras temporales, y no peco al afirmar que, para entonces, no existía para nosotros más realidad que el irremediable sentimiento que nos acunaba.

A veces todavía puedo oírte cantar desde el jardín; otras se me antoja imposible el no sentir tus caricias sobre mi espalda. Supongo que mi vida se ha convertido en una espera constante. Tortuosa, intolerable. Cuento segundos al ritmo de la ensordecedora melodía del reloj, que al día de hoy preside todos y cada uno de mis movimientos.

Sé muy bien lo que te prometí, y tengo impreso en el corazón, como si fuera ayer, el “te amo” que difícilmente dejaste escapar entre tus últimos suspiros. Pero no puedo, Ana, la resignación se me presenta como imposible. Mi único deseo es reunirme contigo; dejar de envidiar a los ángeles, que ahora pueden contemplarte a su gusto –aunque sabe Dios que en más de una ocasión nos ganamos una entrada directa al Infierno-. Contigo aquí hasta el aire me resultaba prescindible. Tú eras mi aire.


Incapaz de seguir escribiendo, Pedro se quedó inmóvil en frente de aquella carta, arrugada ahora por las más sinceras de las lágrimas. Le invadió la firme convicción de que, durante el tiempo que aún le quedase, seguiría viviendo a medias, como malamente puede vivir uno cuando la mitad de sí se ha perdido para siempre.



La última vez que vi a Pedro yo contaba con apenas diez años, y él tuvo el valor de abrirme las puertas a tan entristecedor episodio. Tal vez fue porque es más simple hablar con un niño que destila pureza e ingenuidad, sin los compromisos ni las reacciones tan poco asertivas propias de los adultos. En cualquier caso, y si bien se me escaparon muchos detalles que el tiempo y la madurez me enseñarían en carne propia, recuerdo que fue entonces cuando se despertó en mí el temor a eso que los mayores llamaban “amor”. Pensé que era lo más duro que a uno podía ocurrirle, y no tardé en comunicar mis preocupaciones a mi anciano amigo.

No obstante, y antes de brindarme el último adiós, Pedro se ocupó de jurarme que amar era lo más maravilloso que iba a ocurrirme en la vida. Hoy lo sé.

Los hombres vivimos con la condena del miedo a sufrir, lo que en muchos casos nos paraliza y condiciona nuestros actos. Pero aquel día Pedro me contó un secreto tan valioso que aún a mis treinta años seguiría moviéndome tanto por dentro que apenas puedo hablar al acordarme: “El sufrimiento no es más que una prueba incuestionable de que la más absoluta de las felicidades estuvo algún día en tus manos”. Y supongo que, al pensarlo de este modo, el dolor no es sino una prueba de que la fortuna y la dicha algún día tocaron mi puerta y me brindaron su compañía. Y eso es algo por lo que uno puede estar orgulloso.


Nunca supe nada más de Pedro, ni tuve el placer de volver a encontrarme con él. Pero aquel hombre sigue presente en mí, como Ana continuó viva en él tras su partida; como las cosas memorables nunca mueren, pues su esencia permanece en nosotros para siempre.

sábado, 23 de marzo de 2013

Loca, sí. Por ti.





 “Una historia que no debe morir”; yo me lo pido para la nuestra. 




Voy a decirte lo que, quizás, llevas esperando oír desde que una inesperada fecha de partida desbarató nuestros planes –o los míos-. Te voy a echar de menos. De hecho, ya lo hago, y aún no me he ido.


Y sí, supongo que te quiero. No sé si me di cuenta de que tu magia acabó por afectar a una incrédula de las historias de amor, o si me percaté de que algo andaba mal cada vez que en las salas de cine me faltaba el tímido roce de tus manos sobre las mías.  


No puedo pedirte que este pasaje sin vuelta no sea la fecha de vencimiento de nuestro contrato, un “hasta pronto” sin pretensión alguna de convertirse en un “adiós”. Pero entiende que, al día de hoy, he perdido un poco la noción de lo correcto, y me decanto por lo que realmente ha tirado del carro desde un principio, mis sentimientos. Te los entrego todos, quédatelos; de todas formas en cada uno de ellos está escrito tu nombre, con una cuidada caligrafía que destila el más sincero desconcierto.


No quiero que me esperes, quiero que nunca me dejes ir del todo. No me importa que me recuerdes a menudo; anhelo que, cuando lo hagas, tu sabor de boca sea el más dulce. 


Y me falta tiempo. Ando escasa de segundos que robarte y, sobre todo, que dedicarme para pensar en ti. Es una lucha constante, ¿sabes? Una guerra con el más temible de los adversarios: conmigo  misma. Estoy peleando, con uñas y dientes, por sacar algo bueno de estos conflictos morales; por tener el valor de despojarme de este ridículo disfraz, y ser capaz de explicarte lo importante que eres para mí, a pesar de todo.


Lo más sabio sería olvidarte, dejar que “el más hábil curandero”, nuestro querido e inútil tiempo, sanase la herida. Pero de pequeños no nos enseñan que, en ocasiones, la disputa entre el corazón y la cabeza se prolonga por los tiempos de los tiempos, sin llegar nunca a un equilibrio –ni siquiera impuesto por nosotros mismos-.

No voy a buscar motivos para guardarte en mí, de sobra sabes que el motivo siempre has sido tú. El placer ha sido mío, esto que siento ya es tuyo.


Esto que te escribo no procura ser el preámbulo de una despedida, y muy probablemente ni siquiera te diga adiós antes de coger ese vuelo directo a tu olvido. Porque no puedo y, sobre todo, porque no quiero.


Porque tus manos fueron puertas; tus gestos, múltiples llaves que se fueron adueñando, poco a poco, de las mías. Porque no concibo la idea de una realidad sin ti.

Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he ...