miércoles, 4 de septiembre de 2013

¡Ojo con la sal!

Dicen que el pasar la sal de mano a mano trae consigo la mayor de las desgracias. Al parecer, el procedimiento idóneo a seguir es el siguiente: la sal -todopoderosa- ha de ser depositada por uno de los agentes coadyuvantes en la misión sobre la mesa -cuidando que no se caiga un solo granito, pues este accidente puede asimismo desencadenar muertes y otras fatalidades- y, sólo después de haber concluido este paso, la segunda persona involucrada puede adueñarse del mineral en cuestión y, de este modo, proceder a sazonar sus alimentos.

Hoy, durante la comida, le pedí a mi hermano pequeño que me pasase el dichoso salero -pues mis papilas gustativas decidieron por mí que la ensalada estaba bastante sosa- y, una vez tuve aquel diminuto objeto en las manos, advertí la monstruosidad que acababa de cometer. Sí, señoras y señores, había tomado aquella sal directamente de las palmitas de mi hermano. Lo peor fue que, tras darme cuenta de la barbaridad de la que había sido protagonista, mi memoria a largo plazo -siempre tan juguetona- me ilustró unas mil situaciones similares en las que no había sido consciente de mi error ¡Oh, no!, ¡pobre de mi! ¿Qué desdichas me aguardaban ahora?

Lo cierto es que nunca he sido supersticiosa. No obstante, siempre me ha maravillado la manera en que el ser humano se aferra a creencias de toda índole con el fin de explicar todo aquello que sucede, tanto a su alrededor como en sí mismo, la mayoría de las veces para eximirse de responsabilidades -sí, así de adorables somos-. De este modo, gracias a tan desafortunado acontecimiento, entendí que ya había encontrado a un culpable para todos mis pesares. Fundamentalmente para el más inmediato: mi falta de inspiración. Así pues, deduje que la sal se había llevado consigo toda mi creatividad y la había depositado en el fondo del mar -y el sufrimiento que esto me producía era digno de ser publicado vía Twitter-.

Sin embargo, una vez hecha la digestión -se cree popularmente que dicha operación demora aproximadamente una hora- los miedos se habían disipado considerablemente y con su partida se despertó, no sin dificultad, mi espíritu inquisitivo. Tal vez, pensé entonces, y sólo tal vez, la sal no me hubiese robado a mi musa -todos los demás cargos seguían, obviamente, vigentes y pendientes de juicio-.

Quizás estas semanas he estado más pendiente del futuro y otras banalidades no ciertas que del volumen de mis inspiraciones. Y es que, cuando se deja uno llevar por las preocupaciones cotidianas -más por vicio que por necesidad-, se olvida de llevar a cabo una actividad realmente esencial en la vida: dedicar tiempo y amor al estudio de uno mismo. Así, sin invitarme a tomar un café para hablar sobre los últimos acontecimientos y sacar cosas en claro, la inutilidad a la hora de escribir era segura.

Entenderse uno mismo, lejos de ser un privilegio, es una prioridad. Las emociones no han de ser rechazadas, sino detectadas y vividas -y, en caso de ser necesario, moderadas-. De esta forma, el miedo y el dolor, y la felicidad y la pasión, pueden continuar su trayecto constante de trazado circular, y ofrecernos experiencias dignas de ser analizadas, cuando no apreciadas y recordadas.


Cada día estoy más segura de que conocerte a ti mismo es una de las mayores dichas a las que se puede -y se debe- aspirar. Y amarte y cuidarte -en todas y cada una de tus facetas- se me antoja indispensable para que sea posible, consecuentemente, hacer lo propio con el resto del mundo.

jueves, 29 de agosto de 2013

DAEEYOU




Dejo que mis ojos cansados reposen sobre las arrugadas palmas de mis manos. Mil sueños rotos se me acumulan en la garganta y no encuentro punto de referencia alguno para empezar a hablar. Tu mirada se concentra ahora en mi nuca, y entre tanta condensación atmosférica siento sus ruegos retumbándome en los oídos.

Incapaz de articular palabra, doy el primer paso hacia un olvido certero y el miedo me cubre el rostro en forma de agua salada. Las piernas me pesan unos miles de kilómetros y el corazón me da vueltas quejándose porque pierde el rumbo. Me giro para impregnarme por última vez de ti, con la convicción del que deja atrás un pedazo de sí que ha entregado sin ticket de devolución. Y sin haberme ido aún del todo ya me siento incompleta.

Dejo escapar una suerte de despedida mientras repaso a conciencia cada una de las veces que tuvimos que quitarnos cachitos de nube de las suelas. Tu yemas recorriendo todos y cada uno de los ángulos de mi cuerpo, medidos y remodelados tantas veces a tu gusto. Me tiemblan los vértices y un ardor intolerable me sube desde el pecho al recordar tu semblante suplicante unos pocos segundos atrás. Y a medida que la distancia se alarga y los planes pierden elasticidad, dejo caer los últimos restos de entereza en un “te quiero” que me deja vacía.

No entiendo cómo pudo alguien inventar las despedidas, ni qué tendrá la palabra “adiós” que, combinada con tu nombre, desencadena una reacción química que deriva en desolación. En el fondo te odio, como puede el sol odiar a la luna; como repudia el yin a su yang cuando éste no está disponible para completarlo y hacer que todo cobre sentido. Y a veces siento que todo lo mejor de mí se quedó un poco contigo.

Un amor no siempre tan recíproco, pero tan real que aún lo siento quemándome las venas cuando, por las noches, el karma se hace el juguetón y te cuela por entre mis sueños. Y esa sensación de que todo me recuerde a ti y que mi aflicción lleve tus apellidos.

A veces lo que falla en la ecuación no son los números, sino la manera en que disponemos los datos; miles de perspectivas y una sola solución posible. Quizás el convertirte en la respuesta constante me esté ahora pasando factura, a plazos y con los intereses más altos jamás pactados.

El aire se comprime y escasea el oxígeno, y el eco de un último beso se abre paso entre la desesperación de esperarte sin pretextos. A la hora de siempre, en aquel sitio que nunca pisamos.


En el fin del mundo si me lo pides, por ser tú el fin que justifica todos los medios.


martes, 13 de agosto de 2013

DAEEYOU

Mi madre siempre me dice que el desorden externo conlleva desorden interno. No sé dónde lo habrá leído, pero puedo jurar que no se lo quita de la boca. Especialmente cuando se trata de ordenar mi habitación.

-Hija, esto es un caos, te vas a volver loca como sigas metida dentro de esta pocilga- suele reprocharme desde el marco de la puerta.

-Que sí, mamá- respondo con desgana la mayoría de las veces. De todas formas la locura me viene de familia -y estoy orgullosa de ello-.

Siempre he sido un poco maniática, digamos que con todo, pero supongo que mi cuarto es la gran excepción; es el lugar donde recuerdos, alegrías, decepciones y pasiones se convierten en ropa arrugada que descansa en el suelo y sábanas que se niegan a vestir camas un tanto trastornadas.

Soy un desastre con las cosas prácticas. Me pregunto qué sentirá la gente que tiene todo bajo control las 24 horas, 7 días a la semana. Bichos raros. Ellos nunca sentirán la adrenalina de tener que buscar algo de suma importancia sin saber por dónde empezar.

Y, hablando de emociones fuertes, hoy me he puesto a recordar, sin querer -como todo recuerdo que deja un sabor agridulce- el día en que conocí a Hugo. Sé que, por cortesía, debería presentarlo antes de continuar, pero no sé muy bien cómo hacerlo. 

Voy a probar con un ejemplo:

Estás sentado en el banco de un parque. El parque no te gusta del todo pero por alguna extraña razón sigues allí. De repente un par de palomas se te acercan jugueteando entre ellas. Tampoco te gustan las palomas. Entonces una persona que no conoces de nada se acerca a ti y empieza a contarte la evolución biológica de estos desagradables pájaros.
Te quedas observando; dudas entre salir huyendo o preguntar a aquel extraño que te habla como si te conociera de toda la vida cuál es su problema. Y en ese momento, entre el asombro y el desconcierto, te das cuenta de que, por un brevísimo lapsus de tiempo, ese individuo ha logrado captar toda tu atención sin siquiera pedir permiso. Y ya no te parece tan impertinente ni estúpido. Y en medio de tanta desdicha una brisa fresca te acaricia las manos y te sientes bien.



¿Más o menos? Bueno, algo así es Hugo. Y fue y será.

El día en que nos conocimos no fue menos: apareció de manera inesperada y en el momento menos oportuno. Pero Hugo es de esas personas que, por más inoportunas que sean, tienen incorporado en la sangre un factor x que hace que todo lo demás se detenga y espere a que finalice su discurso. Y, para cuando eso ocurre, ya es tarde para reproches y reprimendas. Cuando cierra la boca se queda uno recogiendo los pedacitos de sí mismo que han quedado esparcidos por el suelo.

No creo en las medias naranjas. Básicamente no creo en las mitades. Por el contrario, tengo mucha fe en partes enteras que encuentran otras partes enteras con las que conectan tan jodidamente bien que acaban adoptándolas como piezas de su propia entidad. Y no sé qué es el amor ni cuáles son sus preferencias a la hora de vestirse, pero algo tendrá que ver con la felicidad y no tanto con la necesidad como con la libertad y las ganas de compartir.



martes, 6 de agosto de 2013

De amor entre egos y otras utopías

Martes, 18.57 horas. A unos miles de kilómetros de distancia de tu boca. Y en esta soledad un tanto voluntaria vuelvo a caer rendida ante tus pies, ahora tan lejanos. Empiezo a preguntarme si el problema no lo tendré yo por buscarme amores de usar y tirar. Si no estaré loca por haber aceptado tus noches de caricias prefabricadas y un “te quiero” tan vacío como ese pecho que me pierde. Y ahora la que se siente usada y en el fondo de una papelera mugrosa soy yo.


-Te quiero, Ana.
-Sí, claro...



Sed de ti. Supongo que desde siempre. Pero más aún desde que te abrí el corazón y las piernas en medio de un calor tormentoso. Y yo callándome el miedo, y tú siempre cagándola. Imbécil, como todos. Y aún así, por alguna razón a la que renuncié desde el primer beso, nunca me faltó la fuerza para nadar entre la mierda y volver a creer en ti. Ingenua como ninguna -o, en tu caso, como todas-, tomé tus palabras por verdaderas cuando ya no me quedaban más salidas. Acepté la derrota en el momento en que, a pesar de no querer creerte -ni mucho menos quererte-, me descubrí buscándote en todas partes. Y te juro que, dondequiera que mirase, ahí estabas, invitándome a perderme un ratito más en tus ojos, entre tus manos... ¿y yo cómo iba a decirte que no?


-Te quiero, Ana.
-No te creo, Hugo.



Dicen que los poetas son los peores. Pobre de mí, corriendo detrás del mejor. Contigo la rosa no era rosa sino “dulce flor de olor angelical y vivo color". Y el problema no era que me adornases la realidad -siempre fui muy fan del poder de las palabras-, sino que a la margarita, con su putrefacto olor a culo, la siguieses llamando “dulce flor de olor angelical". Lo triste es que yo accedía a ello y, si me lo pedías, acercaba la nariz a un campo de estas flores, aproximadamente de unas 5 hectáreas, y te ponía la mejor de las caras como si estuviese olfateando el perfume más delicioso. Y tú...tú simplemente me ponías.


-Te quiero, Ana.
-Y yo no sé qué me pasa, Hugo, pero me estás volviendo loca.



Me aferré a un clavo ardiendo y, como era de esperar, acabé chamuscada. «Donde hubo fuego, cenizas quedan», se ríe de mí el cenicero mientras le dejo el placer de dar las últimas caladas. Y hablando de vicios, ¿qué estará haciendo el mío? Me muero de intriga. Aunque sobre todo me muero de ganas. Sí, tengo ganas de ti. Muchas.

Nunca rechazamos uno sólo de los juegos propuestos y, ahora que la mano no me llega para mover la ficha -ni para tocarte el culo con disimulo-, voy a ceder la partida a Hugo y Ana, que no Ana y Hugo -pues el que pierde siempre se queda con el sitio de atrás-. Para recordar, de a poquito, lo mucho que te odio.


-Te quiero, Ana.
-Yo también te quiero, Hugo.

miércoles, 31 de julio de 2013

Hasta siempre

Bajan las temperaturas y te da por buscar en los bolsillos de tus pantalones arrugados y descoloridos. No encuentras más que un par de sueños rotos y algún que otro día perdido, y supongo que no es hasta entonces cuando te das cuenta de que lo has dado todo. Has entregado hasta lo que no tenías por salvaguardar algo que parecía no tener fecha de vencimiento, y lo único que te queda es una hipoteca a la que ahora no puedes hacer frente y unos cheques de nostalgia pendientes de cobro a largo plazo.

No sé si fallaron las matemáticas o fue que las palabras se desnudaron antes de las doce y se rompió la magia; si finalmente nos llegó la multa por exceso de velocidad o sencillamente se nos olvidó apagar la luz y la bombilla acabó por quemarse. Pero hoy, nadando entre los restos de lo que fuimos y los quejidos de las páginas en blanco que nunca llegamos a rellenar, sólo soy capaz de avistar habitaciones clausuradas y un mechero recién comprado que se ha quedado sin gas. Y yo con el cigarrillo en la boca.

Te busqué por todas partes, incluso fuera de mí. Y empeñé un par de abriles a cambio de tu boca cuando, instalado agosto, los árboles de esta historia amenazaban con mudar de hoja. Pero en medio del calor te regalé el candado y olvidé guardar la llave de repuesto. Me quedé sin nada, con la fe del que espera su tren a sabiendas de que ya se ha marchado. Y la estación vacía, y el corazón en llamas.

Hoy vuelvo a verte en recuerdos que, cansados de olvidar, entran sin llamar al vacío de una mente que se ha dejado a merced del tiempo, curandero universal por excelencia. Ya sin un nosotros, mas aún irremisiblemente tuya, te confieso que la herida sigue abierta. Y poco puedo hacer desde que te fuiste llevándote los puntos y dejándome las íes.

Inmersa en el tedio de ver pasar los días, con la esperanza de algún cambio que salve la poca cordura que quedó tras el incendio, me pregunto cuál será el siguiente paso. Si después de apostarlo todo y perder puede uno volver a creer en la suerte.Y vacío, y decepción, y miedo. Y mi orgullo de vacaciones en tu ombligo.

Quizás nunca fue lícito hacer de una suma una unidad. Tal vez el error fue quererte a solas.



lunes, 29 de julio de 2013

El problema no está en saber

El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. La cuesta se empina cuando el cúmulo de preguntas supera con creces al de respuestas. Y entonces todo el mundo se dirige a ti como si tuviera un máster en la sublime “Escuela de la vida" y todas tus dudas resultaran absurdamente ridículas y propias de un infante que poco puede saber de nada.


De forma rutinaria, en algún momento del día, te sientas con el estómago lleno y el pecho aparentemente vacío a reflexionar sobre lo que te atormenta. Y cuando el qué cede su trono al cómo y el cuándo la escena se torna todavía un poco más oscura si es posible. Pero no desesperes, pues en la mayoría de las ocasiones aparecerá el listillo de turno para aconsejarte qué debes hacer como si él mismo tuviese el control absoluto de su propia vida. Y tú te cagas en, por y para él y su verborrea.


El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. Lo duro es despertarte por las mañanas preguntándote qué es lo que va mal y cuál será la causa del vacío que sientes dentro. Incluso llegas a envidiar la fortuna del ignorante que muestra un interés nulo por todo lo que le rodea, la comodidad del que nada quiere aprender. Pero esto último, gracias a todos los dioses que velan por nosotros, suele pasarse tras el primer café del día.


A veces es necesario perderse para encontrarse. Y está bien sufrir y darte golpes contra la pared por no tener ni puta idea del camino que quieres que tome tu vida. Es sano. Como saludable cagarse en todo y en todos de vez en cuando. Y sentirte una minúscula hormiguita desorientada en un mundo de elefantes egoístas que no hacen sino luchar por encontrar su oasis.


Lo imperdonable es abandonarse uno mismo y dejarse a merced de las ideas ajenas. Perder la libertad en nombre de un conformismo masivo, la nueva moda en nuestros tiempos. Lo intolerable es no confiar en el criterio propio y comprar opiniones vacías y disfrazadas de los oradores actuales, con el fin único de ahorrarse las molestias de tener que pensar. Y usar la cabecita es lo que nos hace precisamente seres medianamente racionales.


El problema no está en saber. Saber es fácil. Saber es cómodo. Lo jodido es saber que no sabes. Suerte que en la esquina de la calle Incertidumbre siempre nos esté esperando la dosis justa de certeza para seguir caminando.

jueves, 6 de junio de 2013

Las manos donde pueda verlas


Con el objetivo de acortar distancias ganaste centímetros por todas partes, y torpe a causa del contacto se me olvidó consultar el manual de guerra. Una utópica ataraxia se vio destronada entonces por un sentimiento que no sé definir, mas cuya aparición dio un vuelco a todo aquello que hubiera podido estar en su sitio.

En medio de la preocupación por romper todas las reglas impuestas no fui capaz de llevar a cabo una sola de las estratagemas tan cuidadosamente calibradas con antelación. Un áspero latido marcó entonces el inicio de un juego desesperado, abyecto por adictivo, elíxir donde los haya.

No sé que fuiste antes, si beso o hambre, aunque muy probablemente te vistieras de ambas al mismo tiempo. Aire y espacio condensados corroboraron una tensión no resuelta que dificultosamente se abría paso entre suspiros aquejados. Y otra vez beso, y otra vez hambre, íntimamente ligados por una correlación tan positiva y exacta que el margen de error no pudo sino resignarse a su no cabida. Uno más uno hicieron uno, y más de un genio nos aborreció desde su tumba.

Un acuerdo implícito determinó que un falso no cediera su podio a un sí furtivo. La tímida lluvia se encargó gustosa de borrar las últimas huellas  de una cordura que se negaba a seguir trabajando con tanto calor. Y entonces deseo y odio y amor y ansia, no necesariamente en ese orden. Y a la mierda los peros.

No fue hasta un par de grados centígrados menos más tarde que advertí algunas marcas, quizás futuras cicatrices. Creí incluso avistar algún que otro avance precipitado en la conquista de un corazón inexpugnable, aunque supongo que esta última sospecha se irá disipando con el inevitable y tan repudiado correr de los años, sin obviar el ascenso del orgullo y la eterna fachada de hielo.


Pero te miré de frente y te hice mío. Y entre caricias casi punibles se me olvidó empuñar el arma. Perdí, me dejé vencer y claudiqué a sabiendas de lo que eso supondría en el diario íntimo de mi ego. Y la derrota, después de haberlo tenido todo, supo tanto a gloria que aún lo saboreo. 





Y me pregunto cuál será mi hogar, cuando he pasado por tantos paisajes que me han llenado el alma hasta límites insospechados. Cuando he ...