Un día me preguntó que de dónde venían los sueños.
Le noté triste, con la mirada ahogada en un cúmulo de recuerdos que hurgaban en
los rincones más sensibles de su interior. Imagínate mi cara de idiota cuando
tuve que explicarle que los míos nacían en la comisura de sus labios cada vez
me dedicaba una sonrisa. No lo hice.
En su lugar me limité a esconder el
corazón en el bolsillo derecho de mis vaqueros desgastados, cagada por si esos
ojitos cansados me descubrían y me tocaba huir corriendo por entre mis
pensamientos confusos. Porque nunca he sido buena atleta, y porque jamás me
había sentido tan responsable de mis palabras como en aquel momento en que me
observaba expectante, con la esperanza de que mi respuesta limpiase un poco el
vaho del cristal que cubría su pecho.
Lo que nunca le dije es que yo no sabía exactamente de dónde venían, ni por qué se cumplían o iban a parar al cajón de los anhelos frustrados. De lo único que tenía certeza era de que su felicidad era uno de los míos, y eso bastó para inventar una historia llena de porqués que bailaban entre razones y falsas explicaciones teñidas de un entendimiento del que jamás fui poseedora. Porque yo no necesitaba más motivos. Porque el único motivo era él.