Cual niño pequeño, quemando horas preguntándonos sobre el porqué de las cosas. Incansables,
insaciables. Es como si nos resultase imprescindible conocer al milímetro las
razones que envuelven todos y cada uno de los hechos que se nos presentan ¿Por qué me duele tanto? ¿Por qué
me siento así? ¿Por qué no soy feliz?
Avanzamos con la esperanza de que, algún día, sin hacer mucho
ruido y con mucho tacto, las explicaciones golpeen las puertas de nuestra querida
mente, llenándonos de una sensación tan gratificante como sólo puede serlo el
entender todo lo que acontece en nuestra realidad. Porque el ser humano no
se resigna a que las cosas pasen sin más, en absoluto; busca incesante esa posición
de control que, siente, se le es otorgada cuando consigue formular deducciones
medianamente razonables para darle sentido a todo.
Pero lo cierto es que no
todo lo que ocurre oculta una explicación racional en su interior. No todo
es justificable, algunas cosas pasan sin más, sin razón aparente. Muchas veces nos
encontramos con situaciones injustas, dolorosas e incluso nos atrapan destinos
ineludibles y, lo siento, mas no todo tiene su anhelado porqué esperando a ser
descubierto en el momento de mayor convicción.
Los accidentes, por cierto, también existen.
Y, otra vez, ese
dichoso porqué pidiendo a gritos un análisis por parte de las neuronas que aún
conservo.
Quizás lo único que
nos hace falta para vivir un poco más tranquilos es dejar ciertas cosas en manos
de ese famoso “Todo lo que pasa, pasa por algo”. Quitarnos un peso de encima,
no buscar responsabilidad o intentar eximirnos de culpas innecesariamente. Tal vez nunca lo consigamos.