Nos han
fallado, nos han follado y nos han sacado mil sonrisas de esas que te dejan el
rostro paralizado del dolor. Hemos aprendido a andar con el corazón roto, a
volar con las alas partidas por todos aquellos terrenos que se empeñaron en
restringirnos. Si te soy honesta ninguna enseñanza ha valido más hasta el
momento que la de saber nadar entre aguas turbulentas cuando los ojos ciegan,
cuando los labios tiemblan. Con el tiempo he interiorizado la idea de que lo
que nos mueve no es eso que tocamos, sino precisamente eso que anhelamos y nos
obliga a luchar con uñas y dientes contra nuestro peor enemigo, nosotros
mismos. Lo intangible, lo valioso, lo idealizado.
Porque si nos movemos por necesidad yo me muevo por ti, y ese tú abarca tanto, a tantos, que resulta imposible reducirlo a un inútil monosílabo.
Si me
quieres siempre puedes hacerme rabiar. No voy a buscarte, pero a la mínima
señal tendrás mi linterna alumbrado el camino que nunca supe iluminar para mí
misma, porque tú sí que supiste. Porque resulta preciso escuchar un solo latido
de los tuyos para poner en marcha esta fría máquina que por dentro arde.
Y
llegados a este punto, tan cerca de la meta, me paro a respirar y doy las
gracias, por todo, por nada. Porque si hoy soy capaz de sonreír no es por pura
coincidencia.
Porque no sé si tuvo que ver lo de causa y efecto, pero a efectos prácticos fue jodidamente perfecto.